Álvaro Sanz

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El curro de Morgadans

En Morgadans hay caballos que pastan de forma totalmente libre por los montes. Una vez al año sus propietarios los reúnen para desparasitarlos, identificar y marcar a los potros y contabilizar las pérdidas del invierno.

Es sábado por la noche. Subo a los montes que rodean mi casa para conocer un poco los detalles de la gran fiesta popular de mañana: "El Curro de Morgadans". Este es un gran evento etnográfico del que se cuenta tiene orígenes ancestrales. Decenas de personas galopan con sus caballos, otros beben licor café y algunos descansan durmiendo con mantas entre los árboles. Hoy ha sido una larga jornada. Durante horas, los ganaderos han buscado el centenar de caballos que habitan los montes y los han reunido en un vallado en el alto del monte. Es el único día del año que los equinos dormirán encerrados.

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Es domingo. El bebé me ha despertado un poco antes de lo habitual, así que he aprovechado para subir a las montañas antes de lo previsto y disfrutar del amanecer de uno de los días más largos del año. Al llegar a los montes de Morgadans los primeros rayos de sol se filtraban entre los eucaliptos. He subido andando en silencio, abrigado del frío de la mañana. En el camino, grupos de vacas pastaban en el valle con vistas al Atlántico. Al fondo, las islas Estelas de Baiona y las Cíes de Vigo. Quisiera ser animal y habitar este lugar.

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He llegado demasiado pronto al lugar de la cita de los mozos. Extiendo mi camisa en la hierba e intento recuperar el tiempo de sueño que me falta. El sol me golpea la cara a pesar de  ser pronto. El viento puro y helado de montaña me refresca. El viento me hace soñar en la libertad. 100620_curro morgadans_043.jpg

Una vez reagrupadas las manadas junto a la puerta del cierre se abren las vallas y las decenas de voluntarios que se han sumado empiezan a llevar a los caballos monte abajo, hacia el curro, hacia los cientos de espectadores. Durante algo más de una hora recorremos el camino. Momentos de tensión y griterío son los protagonista de la bajada. Algunas yeguas quieren huir entre los huecos que se crean en la gran cadena humana.

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Cada vez más gente forma este cordón. Nos acercamos al curro. El polvo casi no me deja ver. El calor cada vez es más fuerte. El olor a sudor y tierra se pegan a mi ropa. Casi sin darme cuenta los caballos están metidos en el curro. Allí, aún queda el duro y peligroso trabajo de separar a los potros. Además de evitar que sean aplastados por los adultos, servirá para marcarlos e identificarlos. Los propietarios los distinguen por las marcas en la cara y las patas. Hay momentos en los que el hombre debe luchar literalmente contra los animales para poderlos inmovilizar. El forastero puede creer que hay algo de salvaje en esta práctica. Es pura supervivencia. Es pura historia. Auténtica tradición.

El cansancio hace que no me quede más tiempo en estos montes festivos. En esta ocasión no veré como graban a fuego las marcas de cada uno de los propietarios a los lomos de los animales. No veré tampoco la lucha por cortar las crines. Tendré ocasión de volver

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