Álvaro Sanz

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Madagascar #08 (hoy me siento Willy Fog)

Hoy el día ha empezado ayer y mañana aún será hoy. No, no me ha picado un mosquito extraño, mi cabeza está así ahora mismo.

El sábado empieza a las 5 de la mañana. El despertador suena en el teléfono móvil. Hace unos días que está parado y no sé si volverá a funcionar cuando llegue a Girona, creo que se ha acostumbrado a reposar sin vibraciones absurdas. Lo tenemos todo preparado, analizado, medido. El plan no es fácil y nada puede fallar. Leire coge el avión el día 30 por la noche en la capital y hasta allí hay muchos kilometros de arena, dunas, tierra y carreteras sin asfaltar y varios medios de transporte que pillar. Toni y yo nos quedaremos un poco antes para coger uno de los dos trenes que hay en todo el país y rodar algunos planos viajando hacia Manakara, otra de las pistas que tenemos del libro. Los dueños del lodge de Andavadaoka se han portado perfectamente y se levantan con nosotros para ofrecernos un desayuno ya repetitivo de omelette, café y tostadas.

070929_madagascar_17_dunas_066.jpgNuestro chófer está cargando el 4x4 y ya ha arrancado el motor para que se vaya calentando y no se lleve el susto de golpe. La razón del madrugón, además de llegar a tiempo, es para evitar que las dunas se calienten con el sol y estén demasiado blandas. Salimos puntuales, antes de que toquen las 6. Cruzamos el pueblo nada más salir de nuestra playa paradisíaca y la gente está empezando a despertar. Vemos algunos carros transportar las primeras mercancías y algunos niños ya nos dan los buenos días con la sonrisa en la boca. A esta hora, mientras estos chavales corretean por la calle y juegan con un trozo de madera, en Catalunya se están preparando para emitir Pokemons y demás delicias educadoras.070929_madagascar_19_tulear taxibus_007.jpg

La velocidad de hoy nada tiene que ver con la de hace dos días. Devoramos las dunas al pasar y vamos dejando atrás una gran cortina de polvo, tenemos prisa. A las 9 llegamos al hotel donde el otro día nos dieron de comer y pedimos un segundo desayuno. Esta vez me sorprenden con unas tortas locales hechas de una masa parecida a la base de pizza y un buen café. El coche esquiva algunas charcas enormes que hace dos días no estaban y hacen que no reconozca el camino. Voy arriba en el techo con la música a toda pastilla y voy dejando que el aparato seleccione las pistas por mí para hacer este viaje más perfecto si cabe, así que después de Cowboys in Scandinavia suena Dominique A y luego Laura Veirs.

070929_madagascar_17_dunas_065.jpg Nos acercamos al pueblo de la duna gigante donde nos quedamos atrapados el otro día y exijo parar a toda costa, aunque no lleguemos a nuestro destino, aunque perdamos el avión, aunque no lleguemos al tren, ahora nada me importa más que una imagen. Toni está subiendo hacia la duna y por lo que tarda, me doy cuenta de sus dimensiones reales. Es una montaña enorme de arena que oculta lo que hay al otro lado. Subo al Jeep para hacer un plano general con el trípode en el techo. Doy órdenes a Toni de cómo tiene que andar para tener una buena imagen pero no me oye, así que decido subir arriba para hacer unos planos cortos y alguna fotografía. Trepar por la duna sin que el material se me llene de arena no es nada fácil, pero cuando llego arriba me doy cuenta de que aquella duna ocultaba una de las escenas más bonitas que creo haber visto, me atrevería a decir, en mi vida.

070929_madagascar_17_dunas_016.jpg Sumado a la belleza del entorno, un pueblo pescador, que se puede resumir en blanco y azul y de cuya descripción no voy a entrar en detalles pues me sentiría redundante en palabras, hay también una escena que no veo hace años. A las barcas pescadoras de los mayores que luchan cada día por traer peces y mariscos a casa para comer y sin ninguna intención comercial, los chavales crean réplicas de las embarcaciones adultas y hacen carreras por el mar. Quizás, sin saberlo, se están sorteando ser el jefe de la aldea en un futuro. Así, en ese mar transparente y puro, los niños juegan a ser mayores, admirando lo que sus padres hacen desde tiempos remotos. Parece imposible.

070929_madagascar_17_dunas_031.jpg Toni juega con los chavales en el agua mientras yo limpio rápidamente las cámaras de la tierra que han infectado todo el material y me pongo a grabar. Los chicos le enseñan sus barcas mientras los mayores miran de lejos. Hoy en día, tal como están las cosas en nuestra casa, creo que es difícil ser un desconocido y acercarse a un menor en un parque sin que el padre te venga a controlar. Pero allí, saben que no queremos llevarnos a ningún pequeño, solo queremos una sonrisa, un intercambio de miradas cómplices y sentirnos lo menos vazahs que podamos. Salimos de ahí y con la emoción aún en las venas veo un grupo de señoras limpiando sus ropas en un pequeño charco. Mientras, en la parte de arriba del 4x4 suena una canción de Refree. El genio dice: “ya no hay pena, y las mujeres al pasar se me enredan en mi segunda mitad. Es tan moderna esta ciudad, que hay que celebrarlo todo. ya no hay pena...” una lágrima humedece mis mejillas secas de polvo. No soy capaz de asimilar tanta belleza en un lugar tan pobre. Esta mezcla explosiva de emociones está pudiendo conmigo y parece que Raúl escribió esta letra justo para que la escuchara ahora, en este preciso momento, lejos de casa. Así que le doy las gracias sin que él lo sepa y prosigo mi viaje en un caballo al trote mientras ahora suena Erm que dice “tu i jo, sobre un caball alat fugirem d’aquí.” en “Goig”. Parece que los ingenieros de Apple se han puesto todos de acuerdo en crear una aleatoriedad musical ideal para soñar en África. Varias horas después de haber salido de nuestra pequeña playa en Andavadoaka llegamos a al punto donde hace unos días nos dejó tirado el 4L y nos damos cuenta que ya estamos llegando a Tulear. Al llegar, debemos buscar rápidamente un taxibus privado que nos lleve a Fianarantsoa. Esto, para que nos situemos, sería como haber salido de Tarifa para ir a Almería recorriendo dunas y desde ahí ir hasta Pontevedra pasando por Despeñaperros y por carreteras locales. En Tulear encontramos varias ofertantes a llevarnos, así que quedamos con uno a las 20.30 para poder descansar las piernas y los culos un rato y darnos una ducha rápida en casa de nuestro amable chófer, que nos invita a descansar en su hogar lleno de sirvientes y una preciosa mujer malgache.
070929_madagascar_19_tulear taxibus_007.jpg Cenamos en “La terraza”, donde ya nos conocen y todo es tranquilo. Pido una pizza para mi caprichoso estómago cansado de pescado y arroz y antes de acabar llega el taxista con algunos ayudantes dispuestos a cargar su vieja furgoneta. A cada uno nos toca una fila de asientos, los trastos van detrás. Preparamos las que serán nuestras camas de hoy porque nos quedan unas 9 horas de viaje por la carretera más peligrosa del país. Es fin de semana y no hay un solo coche circulando, vamos en solitario por una de las principales vías de Madagascar que no está en mejor estado que la carretera local que va a Siurana a Prades aunque por primera vez vemos algunas rectas de más de 500 metros. La furgoneta ha salido enérgica y vamos apurando todas las curvas de manera que a mi primer intento de estirarme para dormir me doy cuenta que tendré que poner remedios musicales y químicos. Apuro una de mis últimas pastillitas Valium y me pongo unos nocturnos de Chopin para intentar conciliar en sueño. Antes de cerrar los ojos, la furgoneta para y una linterna está iluminando mi cara. Dos señores policías con cara muy simpática hacen bajar al conductor del auto y nos piden los pasaportes. No hemos recorrido ni 50km y ya nos vemos apurados, Leire que no tiene el pasaporte, porque lo olvidó en un hotel, va a tener que dar alguna explicación. Charlamos con ellos un rato y le contamos más o menos la verdad, y que el avión de nuestra acompañante sale mañana de Tana y que debe llegar. Con una media sonrisa y un fajo de billetes calentitos en la mano el agente nos despide diciendo buen viaje. El trayecto es duro, extraño, lleno de incertidumbres. Yo, que reconozco que soy un poco miedoso ante algunas situaciones no puedo dormir hasta que pasemos la zona de minas de zafiro, donde las mafias y los ataques son frecuentes. Le preguntamos a nuestro chófer que como ve el asunto y dice que cada semana como mínimo hay algún muerto y atracos constantes. Por suerte o no, la policía está por todas partes. Nos han contado que los agentes alquilan sus armas a los violentos. Mientras nos detienen en el siguiente control, puedo ver muy cerca nuestro como un grupo de hombres está quemando casas. Quisiera filmar pero el agente no hace cara de gustarle las cámaras, así que me quedo con la cara de miedo y seguimos el viaje. Me explican que en Madagascar un hombre no puede casarse con su mujer si no ha robado algún zebú o pasado por la cárcel, así que quizás alguno estaba quemando casas para pasar alguna noche en el cuartelillo y poder contraer matrimonio con su querida. Consigo dormir un rato seguido, pero las curvas y los frenazos me van despertando a partir de las 3 de la madrugada. Me doy cuenta de que Leire y Toni están igual que yo y eso me consuela. Al final, llegamos a Fianarantsoa más pronto de lo previsto. Son las 5.30 de la mañana. Vamos a la parada de Taxibus y negociamos con varios agentes expertos nuestro vehículo para ir a buscar el tren mientras Leire se pelea para llegar a la capital a tiempo para su avión.
El problema de Toni y mío es uno de esos ejercicios de física que me costaba tanto resolver en el instituto y me hizo cambiar de ciencias a letras en cuanto pude. Nosotros estamos en el punto A (Fianarantsoa) y queremos hacer algún trayecto en el tren que va al punto D (Manakara) en la costa contraria a la que hemos dejado. El tren, que tarda 9 horas en recorrer este trayecto, va haciendo el recorrido sin un horario fijo. Hay solo una vía y un tren, así que va yendo y viniendo a paso lento subiendo y bajando pasajeros. Nuestro gran problema es que son las 6 de la mañana y el tren acaba de salir de Manakara y hasta la noche no vuelve a llegar donde nosotros estamos. Perderíamos un día entero esperándolo, más un día entero bajando hasta Manakara... demasiado tiempo. Con el mapa en las manos y 5 tipos discutiendo con nosotros empezamos a lanzar hipótesis. Qué pasa si pillamos un taxi privado (un Renault 4L, vaya) que nos lleve a toda velocidad (60km/h de media) a la mitad del trayecto, punto B y allí montemos hasta llegar otra vez a Fianaranstsoa. Realmente solo queremos grabar unos planos de este legendario tren así que con un pequeño recorrido de un par de horas nos sobra. Ya hemos descartado encontrar el libro allí y no vale la pena perder dos jornadas para ello. Los jefes de taxi nos enredan de mala manera y no entienden mucho nuestras intenciones y les parecen absurdas. Les resumimos nuestro plan: “mira, no queremos ir a ningún sitio, solo queremos ir en el tren, nos da igual de A a D que de D a A. Hemos hecho 9 horas en 4x4 por las dunas y 9 más en furgoneta solo para esto”. En 5 minutos tenemos el mejor bólido que nos podían ofrecer para nuestra alocada hazaña. El Renault 4L pilotado por dos jóvenes con pinta de no tener el carnet aparece derrapando a nuestro lado y cargamos las maletas. El precio no es barato, pero ya nos da igual todo. El coche sale a la mayor velocidad que he alcanzado en este país y el piloto llena el depósito. Es la primera vez que veo a un conductor poner más de 2 litros seguidos de fuel en su auto y eso me hace ver que por un lado han hecho un buen business con nuestro dinero por adelantado y segundo, que el viaje será largo.
La carretera es horrible, llena de curvas. Toni y yo intentamos dormir y recuperar el sueño perdido en la furgoneta y los múltiples controles policiales pero es imposible. Jamás he montado en un coche pilotado de forma tan alocada. Al principio nos reímos como dos chavales montados en un tiovivo pero dos horas después, cuando solo habíamos recorrido una cuarta parte del trayecto nos empezamos a dar cuenta que las cosas no van bien. Estamos mareados de verdad y nos acabamos de cruzar con un accidente que me ha hecho replantearme las cosas. Una ranchera cargada de niños, mujeres y cargamento está tirada en la cuneta, vamos tan rápido que ni paramos y parece que a nuestro conductor no se le pasa por la cabeza la idea de socorrer a nadie. Yo le digo a Toni que creo que algo no va bien, que nos estamos jugando el pellejo y que de verdad tengo miedo. El suelo está mojado porque aún no ha salido el sol entre las montañas que nos rodean y podemos caer a un precipicio en cualquier momento. Abajo, un enorme río que lo devora todo está deseoso de estamparnos contra sus rocas. Toni les pregunta si vamos bien y ellos responden que sí, que llegaremos pronto a Manakara. Se me pone la cara blanca y le digo a Toni que haga parar el coche ahora mismo. No queremos ir a Manakara! Le preguntamos al joven Fernando Alonso si sabe donde vamos y no tiene ni idea de nada de un tren. El jefe solo le ha dicho que nos subiera y apretara gas. Su copiloto, parece un poco más listo y le explicamos de nuevo la situación. Analizamos en el mapa y les preguntamos cual es la mejor opción. Después de ver que no saben leer un mapa y nos dicen que Cáceres está en Alicante y Vigo en Cádiz decimos que paremos 5 minutos a ver qué hacemos. Toni y yo nos damos cuenta que es imposible llegar a nuestro punto B intermedio ya que faltan aún más de 100 kilometros y ya son las 8.30 así que habría que ir a una velocidad media de 200km/h, cercana a la que vamos en el frágil 4L, pero nos negamos. Descubrimos que hay un nuevo punto C, que ya hemos pasado hace rato y al cual podríamos llegar antes de las 11. Así, a mi problema de física básica se añade un elemento más, C. Nos damos cuenta que podríamos haber ido ahí antes y no haber bajado hasta B, pero los jefes taxistas nos han liado de mala manera, eso está claro. Paramos a desayunar en un pueblecito donde el hombre blanco no debe pasar a menudo, ahora no estamos en el circuito turístico habitual y los chicos nos miran y se ríen en nuestras caras. El aspecto casi albino de Toni y mi barba, poco habitual en su cultura les extraña y nos miran. Si tuvieran cámaras de fotos, ahora serían ellos los que se retratarían con nosotros. Pero les basta con mirarnos sin disimulo. Desayunamos en un pequeño puesto mientras repasamos el plan. Hemos gastado una gran cantidad de dinero y tiempo en llegar hasta el tren y no se nos puede escapar de las manos así que vamos a por todas. Salimos de la carretera para pillar los 54 kilometros de pista que llevan hasta el fondo del valle por donde pasa el tren. Por allí no circulan autos normalmente ya que es una zona húmeda donde el ferrocarril es el mediode transporte. Hay barro, mucho barro y parece que nuestro Cuatro Latas no podrá superarlo. Vamos sorteando todos los obstáculos milagrosamente mientras Toni y yo nos miramos con una cara de “no salimos de aquí” por un lado y “el coche se va a romper en dos” por otro. El coche no es del chofer así que el maltrato al que le está sometiendo es enorme. No evita los agujeros, derrapa en las curvas y va rascando con todas las ramas habidas y por haber. Toni y yo vamos cronomentrando nuestro circuito y calculando cada minuto el tiempo que falta por llegar. Por suerte, nos consuela que el tren nunca es puntual, así que con suerte aún no habrá llegado a su destino, el punto C. Los poblados que vamos dejando atrás son pequeños y sumamente pobres. Los niños ya no visten con ropa, son trapos del color de su piel y su aspecto es mucho más oscuro que en las ciudades. Su color es absolutamente negro y su mirada menos simpática que las que hemos ido viendo hasta ahora. Nos saltamos todas las señales de “50” que no existen y las de “Niños. Peligro” y cruzamos los pueblos a toda velocidad esquivando gallinas, pollos y pavos. El barranco cada vez es más empinado y fangoso y el coche sigue descendiendo a velocidad de vértigo. Solo tengo dos deseos: no estrellarnos y no quedarnos tirados, porque salir de aquí nos costaría demasiadas horas. Nos hemos metido de lleno en un mercadillo en un pueblecito bastante grande y nuestro loco conductor va tocando la bocina para apartar a la gente sin soltar el acelerador. Cuando la masa de gente ya es tan densa que creo que no vamos a pasar se detiene frente a un hangar. Eso es la estación. Toni baja rápidamente para preguntar cuando llega el tren y el señor de la taquilla le dice que llega en breves minutos. Recuerdo un capítulo de Willy Fog en que corrían por un desierto encima de un carruaje para tomar el Orient Express y al final, después de pasar las mil y unas llegaban justo a tiempo. Hoy me siento un poco Willy Fog.
La estación es un mundo a parte, no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora. Los blancos y azules puros de la costa ahora se han convertido en una paleta de colores tierra. Hay todo un universo creado a partir del negocio del tren. Éste que sale desde la costa en Manakara va por valles intransitables hasta llegar a Fianarantsoa, una de las grandes ciudades del país. Gente pobre se suma a gente más pobre con gallinas, pollos y plátanos. En cuanto suena la bocina del ferrocarril empujado por una máquina de vapor que va dejando una estela de humo por su camino, toda la gente empieza a correr como loca. Yo, que he perdido a Toni hace unos minutos, me quedo donde estoy haciendo la mayor cantidad de planos posibles, alternando histéricamente la cámara de fotos con las de vídeo. En cuanto el tren se detiene empieza a subir y bajar gente, empiezan a llegar mesas, sillas, bandejas de comida y se monta un mercado de emergencia en el andén. La gente que ha salido a las 6 o 7 de la mañana de la costa no ha comido y esta es una de las paradas importantes del trayecto, así que decenas de personas ofrecen alimentos a precios de risa a través de la ventanilla. Los escrúpulos hay que dejarlos atrás porque los platos de arroz y las cucharas van pasando de unos a otros que devoran la comida. Yo me conformo con un par de empanadillas. En nuestro vagón hay de todo, mujeres con niños y cantidad de sacos; señores de clase media; algún que otro vazah que se lo ha montado mejor que nosotros para coger el tren; y comerciantes que llevan gallinas y otros animales para venderlos en algún otro destino.

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El viaje es agradable, atravesando este valle húmedo y verde en el que la gente cultiva arroz. La velocidad del tren no supera los 40 km/h y es que la vía está en muy mal estado y puede descarrilar en cualquier momento. Nos dicen que es habitual, pero sabemos que eso no va a pasar con nosotros montados porque tenemos una estrella que nos protege hace días. Nos quedan unas cuantas horas de viaje, así que me relajo un poco e intento dormir un rato sabiendo que tendré tiempo de grabar en el interior de este nuevo medio de transporte. Toni descansa hace rato con la boca abierta y yo me dispongo a hacer lo mismo abrazado a mi cámara de vídeo que ya no cabe en ninguna bolsa. No me separo ni un solo instante de la maleta con el ordenador y las cintas ya grabadas. Ahora son mi mayor tesoro, como mínimo hasta que encuentre, si encontramos, el libro que nos ha traído hasta aquí. El tren va dejando poblados atrás y poco a poco me voy dando cuenta de que a medida que nos sumergimos en este enorme valle, cada vez son más y más pobres y poco apoco la gente ya no ofrece cosas a los viajeros. Los mercados que hemos ido dejando atrás y que se improvisaban en las estaciones ahora ya no están. Poco a poco la gente pasa de ofrecer comida a precios ridículos a pedir restos de nuestros alimentos que no hemos podido digerir. Me sorprende y me parece una película. Ese tren que se desplaza poco a poco parece mostrarnos como pasar de un mundo a otro a través de un viejo rail. 070930_madagascar_21_tren_063.jpg Me muevo por el tren para hacer algunas fotos y veo una escena de esas que te hacen pensar, de las que te hacen dudar de dónde están los valores, de cómo ayudar, de qué está bien y qué está mal. No sé tan solo si lo que veo está bien o mal, si me tengo que enfadar o pasar de largo. Un matrimonio italiano que podrían ser mis padres están lanzando cacahuetes y plátanos a un grupo de 5 chicos de menos de 6 años que se pelean por cogerlos entre las vías y ruedas de nuestro tren que está a punto de partir. Me da la sensación de estar en un zoo humano en que la gente tira comida a los chicos. Quizás mi mente cansada de estos días está exagerando o puede que realmente lo que estoy viendo no esté bien. Mientras dudo, un malgache de mi edad ruega desde la vía del tren que no tiren más comida a los chavales. Salgo de ese vagón para volver al mío y negar lo que he visto y presiento que ya estamos llegando. La estación central de Fianarantsoa es grande, aunque solo recibe a este tren, el único tren. Mientras la gente baja, Toni se escapa corriendo a preguntar al maquinista si le podemos entrevistar. En el libro del Principito hay una escena en que el pequeño habla con un señor de los que cambian las vías del tren y le pregunta porqué los hombres van arriba y abajo. Me parece interesante la metáfora y nos disponemos a hablar con el maquinista de este tren transportador de pobreza. Entrevistar a esta gente no es fácil, cada vez que lo intentamos nos damos cuenta que es imposible sacarles el jugo que quiero para el documental. No es por falta de cultura ni retórica, es, creo la falta de conocimiento del medio audiovisual, de manera que aunque les cuentes que estás haciendo una película más bien filosófica (o eso se intenta) ellos lo confunden todo con un souvenir turístico en formato digital. Al llegar a Fiana de nuevo, buscamos un hotel donde pasar la tarde y noche y descansar después de estos movidos últimos días. Dejo por primera vez las cámaras y aparatitos occidentales y nos vamos a pasear por la ciudad en busca de un restaurante un domingo a las 4 de la tarde. No es fácil, pero al final encontramos un hotel asiático que ofrece de todo a cualquier hora. Igual que en Barcelona o cualquier ciudad del mundo, los chinos son los reyes. Su hotel , restaurante, sala de juego, videoclub, tienda y sala de masajes todo en uno está más o menos limpio y amplio. Nuestras mentes se relajan durante la hora larga que estamos matando el hambre. Hoy el día acaba antes de o normal y vamos muy pronto al hotel, y por primera vez en habitaciones separadas, Toni y yo descansamos cada uno a su manera. Yo, descargando fotos y capturando cintas para tener todo el material clasificado y duplicado. Me aterra pensar que puedo extraviar algo. El sueño me está entrando por minutos y no deben ser ni las 7 de la tarde pero que importa, aquí no tenemos reloj y mi única guía temporal es el pequeño reloj que aparece cada vez que disparo una fotografía. Así que disparo una al techo de la habitación para comprobar que es pronto para dormir, pero necesario. Repaso en mi mente todo el recorrido que llevamos hecho por el libro y las pistas que tenemos. Nos quedan pocos días para encontrarlo y todo es demasiado efímero, siempre hay alguien que lo ha visto o lo ha tenido, pero nadie que sepa donde está. Difícil aventura en la que me he metido!