Álvaro Sanz

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Madagascar #05 (Ifaty y los primeros baobabs)

Si ayer la mañana empezó precipitada, hoy la podríamos calificar de descompensada. Todo ha empezado con unos golpes en la puerta a las 5.30. Mi primera idea es que algunos mangos o papayas golpeaban el techo de la habitación de nuevo, pero la voz de Leire diciendo que “ya” eran las 5.30 me ha hecho decidirme por poner rápidamente los pies en el suelo y apretar el REC.

Salir de la red antimosquitos me ha costado un poco más que ayer y es que creo que esta zona costera tiene unas temperaturas diferentes a la ciudad y me he tapado bastante, así que las mantas se han hecho un pequeño lío con la mosquitera. Para que nos situemos, aquí está acabando el invierno y a pesar de que nos podamos bañar en las playas e ir en camiseta, por la noche refresca.Piso la calle con la cámara preparada y el sol empezando a saludar, así que busco la mejor posición para plantar el trípode por primera vez desde que emprendí el viaje. La gente en esta ciudad con pinta de pueblo es agradable, nada que ver con la capital. Todos me saludan con “Vazah”, que es “Hombre blanco turista” o algo parecido, sonríen, te hablan, pero sin intención de venderte nada. Los taxistas pasan a mi lado sin ofrecer sus servicios. Aquí saben que si les necesito levantaré la mano y tendré 28 ofreciendo el mejor precio. Así que con una primera impresión más que buena miro por todos los rincones para situarme. Ayer llegamos sin luz y no me había hecho a la idea de como es esta ciudad.

070926_madagascar_08_ifaty_000.jpgLas calles están sin asfaltar y son de arena de playa llenas de agujeros, pero eso no impide que los primeros carritos vayan de arriba a abajo buscando clientes a toda velocidad. El otro día leímos en el periódico que el campeón de los juegos de las islas del océano Índico es portador de Pousse Pousse y entrena unos 30 o 40 km al ida llevando gente. No sé por donde sale el sol, así que tengo que ponerme en un cruce de caminos para situarme. Los primeros rayos apuntan a un señor en bicicleta y aprovecho que la cámara de vídeo está en el trípode para alternar con fotografías.

070926_madagascar_09_ifaty baobabs_121.jpg Entre disparo y disparo aparece Leire, a la que había perdido hace un rato y me invita a desayunar en un puestecito donde ya la conocen. Aquí, decir que conoces a alguien es que te llame “my friend”, con eso es suficiente. Así que vamos hacía allí. Por el camino me doy cuenta de que el pueblo-ciudad es realmente espectacular. Las casas no tienen más de una planta y se extienden en kilometros de distancia, así que el tráfico es importante en las calles a pesar del aparente aspecto a rural que tiene. Cuando digo tráfico, en Tulear, me refiero a cruce de bicicletas con gallinas, militares en carrito, señoras con ladrillos en la cabeza...
070927_madagascar_10_ifaty_031.jpg El desayuno es en un puesto que hace esquina y no hay mucho para escoger. La pinta no es mala aunque no quiero imaginar qué normativas de higiene han debido pasar para estar ahí. Así que después de aceptar una taza de café metálica reciclada y una cucharilla lavada en agua marrón me doy cuenta que si tengo que pillar la malaria o cualquier cosa peor ese es el lugar perfecto. Se me pasa la tontería cuando el sabor de un buen café se filtra en mi boca y saboreo unas pastas parecidas a los buñuelos. Después de pagar y hacer una foto a la señora partimos hacia un mercado para comprar una piña que nos acompañará todo el día. Los mercados aquí son grises, no tienen la vida que tienen en Europa y lo que puedes comprar parece que hace días perdió su fecha de caducidad, pero es todo lo que puedes comprar aquí. Veo llegar unos carros con carne y los “chofer” los bajan con delicadeza y velocidad para aparentar que el contacto con la ciudad es el mínimo, así que chavales de 15 años llevan un carnero entero en la cabeza a una velocidad de vértigo. Directamente se cuelga en una pinza y ya está a la venta. Toni se ha despertado un poco más tarde que nosotros así que vamos a desayunar de nuevo los 3 juntos a “La Terraza”, un bar europeo donde hacen desayunos de Omelette, zumos, café y tostadas. Allí, en el bar negociamos con un francés el viaje de mañana en 4x4 para subir hacia el norte por la costa. Hoy, por suerte, el dueño de este bar nos llevará gratis hasta nuestro destino, I faty, para pasar el día en un lugar paradisíaco y con bastantes baobabs. Allí, nos han dicho, quizás encontremos al principito.
Antes de salir pido un momento de Internet para poder resolver dudas sobre unos rodajes de videoclip que tengo a la vuelta, así que dejamos a Leire en el bar mientras Toni y yo vamos a buscar algo parecido a un Cyber. Aparentemente no es difícil, pero en este pueblo lo que te venden como oro no lo es, así que lo que parecía un cyber no funciona, ni tan solo han visto un mac en su vida, así que se extrañan al ver mi ordenador y me dicen que de eso no tienen. Seguimos buscando por algunas calles hasta encontrar un sitio bastante moderno y que tiene una velocidad de módem a 56kbps compartido entre 8 usuarios. Eso, para los nacidos después del 83 y que no vivisteis los primeros años de Internet, quiere decir que para subir 1Mb necesitas algo así como 10 minutos. El precio, por suerte, es equivalente a la velocidad y por menos de 1 euro hemos estado una hora, la necesaria para bajar cuatro mails y actualizar el blog. Con tanta tardanza cybernética, nuestro chofer gratuito se ha ido y Leire está negociando con unos malgaches la tarifa hasta la costa. El camino no es fácil y eso tiene un precio. Las carreteras de Madagascar son malas, muy malas. Lo equivalente a la N-340, que tendría que ser la carretera nacional, tiene tramos horribles, sin asfaltar y llenos de curvas; a partir de ahí son carreteras catalogadas de “transitables”; otras de camino de piedras y las que no existen en los mapas. La que vamos a coger nosotros sale solo un trocito dibujado en el mapa oficial, y está catalogada como las de camino de piedras, así que el Renault 4L rojo que veo al más llegar de nuevo al bar no me convence nada de nada después de haber visto el 4x4 del hombre blanco propietario del bar. El chófer tiene unos 6 ayudantes que colocan todos los trastos en el maletero y repartido por los asientos. Yo aún no había visto todos los trastos de Leire junto a los de Toni, y eso es mucho. A las maletas de la ropa se añaden bolsas con material de escalada, el colchón para boulder y cantidad de trastos, que se añaden a mi bolsa, trípodes... así que creo que meternos los 3 en el 4L con el chofer y hacer los kilometros por la carretera que nos espera no va a ser muy cómodo. Cuando hemos conseguido colocar todo en el coche y estoy a punto de subir me doy cuenta que al chofer se le ha añadido un ayudante copiloto, así que miro a Toni mientras nos reímos pensando que eso no va a ser así. Le digo al conductor que yo tengo que ir delante ya que mis compañeros no caben atrás y si me meto yo, solo falta que me decida por comprar un par de gallinas antes de salir. Así que después de que el copi se baje del auto, nos acercamos a la gasolinera de turno a poner el fuel justo y necesario para llegar a nuestro destino. Si no llega, siempre quedará la botellita de agua con fuel para rellenar. La entrada en la gasolinera me hace dudar sobre la capacidad de conducción de nuestro elegido. Yo que aprendí a conducir en un 2CV con un sistema de marchas parecido, me doy cuenta de que el tipo tiene la chuleta con las marcha del revés y arranca en segunda, pasa primera, salta a cuarta directamente y se le cala. Esto sumado a que no tiene freno de mano y tiene que dejar una marcha puesta convierte el principio del viaje en una atracción de feria. Por suerte aún es pronto gracias al madrugón, así que tenemos humor para aguantar casi cualquier cosa. Cruzar la ciudad entera nos demuestra lo enorme que es. A medida que nos alejamos del centro empiezan a aparecer más y más casas de paja con gente más y más pobre, todo esto hasta llegar a un control militar. Escondo rápidamente mi material para que no me hagan pagar un impuesto recién sacado de la manga y después de 3 minutos de charla entre el chófer y el señor soldado reemprendemos nuestra marcha arrancando milagrosamente en segunda por la arena. El camino se hace cada vez más duro y el polvo de los camiones que van pasando dificulta la visibilidad. Nuestro conductor novato con aspecto de avanzado decide pasar por el lateral esquivando milagrosamente a cada peatón que se dirige hacia muy bien no sabes dónde en esta carretera infinita de polvo y arena. En un momento de pequeña rampa el coche empieza a resbalar hasta el punto de que se detiene. Leire y Toni salen fuera para empujar, yo me quedo dentro y conseguimos avanzar unos metros, los justos para quedarnos en subida, atrapados otra vez en la arena y con un carro de zebús viniendo de cara a toda velocidad. Nos esquivan gracias al milagro del joven conductor de animales y respiro casi tranquilo en el asiento delantero. Mientras nuestro chófer sale fuera para levantar el capó y empezar a tocar piezas que no sabe qué son, le digo a Toni que conduzca él, siempre será mejor y más seguro.

070927_madagascar_10_ifaty_033.jpgEl señor chófer acepta con una sonrisa de desespero y a la vez aceptación de que está haciendo el ridículo. Toni saca el vehículo de ahí con facilidad en primera y por un segundo me siento flotar en la arena, hasta que 200 metros más alante suena: PUM, en el motor. Quizás ha sigo algo más tipo “GRRRRRPUM”. La cuestión es que Toni se ha metido debajo del auto ya ha dado el diagnóstico que menos esperaba: rotura del la transmisión. La conoce perfectamente porque le ha pasado en Marruecos ya hace algún tiempo. Estos coches sufren mucho y algún día les tiene que pasar. Y tenía que ser hoy que íbamos nosotros alegremente a la costa.

Mientras ellos miran el motor yo aprovecho para hacer una foto a unos chavales que se han acercado a mirar porque nuestra nave espacial se ha estropeado. A lo lejos oigo un pito fuerte y aparece un camión enorme con “Superman” escrito bien grande en su parte delantera. Galopamos a través de carreteras inhumanas a bordo de una maquina prehistórica, por suerte tan solo un puñado de pasajeros comparten con nosotros el viaje, así que podemos tratar de estabilizarnos de la mejor manera. El camino es bastante divertido y quiero pensar que será lo peor que voy a vivir en África, pero quién sabe, las sorpresas las tienen preparadas por todas partes. Grabar o hacer fotos desde encima del camión es casi imposible, aunque yo lo intento, el resultado lo conozco, uno de esos vídeos que tan solo puedes ver tú para reírte solo cuando vuelves a casa. Uno de los pasajeros es un chico joven que nos hace de profesor improvisado en un cursillo de algo más de una hora montado en una especie de “Dragon Khan” de última generación. Cuando ya casi estábamos empezando a conjugar el pretérito pluscuamperfecto en malgache el camión para de golpe. Nos hemos pasado el cruce al Lodge que nos han recomendado en Tulear. Así que bajamos, pagamos lo que toca y empezamos a caminar cargados con todo el material. No tarda en aparecer un voluntario a hacer de porteador de bultos, así que se reparte con Leire sus bolsas, mochilas, cuerdas y souvenirs. Decido quedarme atrás, andando lentamente para hacer algunos planos de Toni andando por la nada. Siento la soledad más grande del mundo en esa especie de desierto de arena de playa mezclada con arbustos. Caminamos unos 4 kilometros hasta el primer de nuestros paraísos. El bungalow que nos ofrecen está a unos 20 metros del mar y tiene casi todo lo que puedas necesitar. Hay dos camas y somos 3, así que preparo un fragmento de suelo que esta noche será mi pequeña cuna.

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Antes de abrir la bolsa de la ropa y poner a cargar baterías ya tenemos un grupo de pescadores en la puerta buscando a Leire. Ella ya había pasado por allí hace unos días y prometió volver. Les pedimos “fish” para comer y se van corriendo a buscarlo. Prepararán sus mejores arpones y desliarán las redes para ofrecer el mejor fruto del mar que puedan. Así son aquí, quizás a diferencia de Marruecos y otros lugares tengo la sensación de que no te quieren liar, quieren darte realmente lo mejor de lo poco que tienen. Nos separamos en 3, Toni va a mojarse un poco los pies, Leire a buscar a su amigo rastafari y yo me quedo tirado en una hamaca escuchando algunas notas musicales en el Ipod que me pide una recarga rápida. En breve aparece el fan incondicional de Bob Marley, vestido con su camiseta y un collar con la bandera de Jamaica, para avisarnos de que la comida está casi preparada. Andamos con un grupo de gente del pueblo hasta las casas. Es un pueblo pescador como casi todos los de la zona, así que si nosotros tenemos un teléfono y un coche como mínimo por vivienda, ellos tienen una barca y un arpón.
El restaurante no nos lo recomienda Ferran Adrià en sus mediáticas apariciones, ni tampoco lo ha saboreado Woody Allen en su discreta pasada por Barcelona, pero tiene pinta de ser uno de los mejores de la zona. Tiene una decoración bastante minimal y multicultural a la vez, cosa que está muy de moda, así que nos encanta. Cuando llegamos tan solo hay una sombra, así que el padre de la familia y uno de los más fuertes del poblado nos saca una mesa, allí estará nuestro restaurante. Un par de chavales sacan las sillas y la señora borda la escena con un mantel tan limpio que parece imposible. El servicio es de bastante calidad, creo que la última vez que vi tantos camareros fue en “La Masia” en l’Ametlla del Vallès en la época en que jugué a ser feliz en un pareado piscinero y teleplásmico.
Así que unos 8 o 10 camareros están a nuestra disposición para cualquier cosa que necesitemos. El chef me invita a entrar en su cocina para ver que todo va según lo previsto, 4 fishes para 3 personas y un poco de verduras. Los pinches están pelando zanahorias y algunos tomates en la cocina adjunta y la señora del chef prepara algo de arroz. En brevesminutos africanos, unos 50 o más, la comida llega a la mesa perfectamente servida. Entonces llega el momento de máximo respeto, los invitados vamos a comer, y las 20 personas que contemplan la escena quedan sentados en silencio a la sombra a esperar a que acabemos. El pescado está rico y se nota que ni tan solo ha pasado por la Lonja de Cambrils, ha llegado directo del mar, ha recorrido 25 metros, ha pasado solo por dos manos y ha ido limpio al plato. La comida pues no nos ha fallado, pero eso sí, siguiendo con la moda minimal culinaria me quedo con un poco de hambre y no me atrevo a pedir una crema catalana. Preguntamos a nuestros cocineros dónde podemos encontrar a Christophe, nuestro guía de baobabs y el más experto de la zona. Ellos nos dicen que está muy ocupado con un grupo de 20 turistas así que se ofrecen a llevarnos a verlos. Quedamos en media hora, la justa para lavarme los dientes y sentarme 30 segundos en la esterilla.
 carro con dos zebú está preparado para meternos en el interior del bosque, en busca de baobabs. No parece que tenga que ser muy cómodo pero después del 4L y el camión yo creo que no debe ser muy malo. Hay sitio justo para los 3, la mochila de la cámara y un guía. El joven chófer de zebús va delante, bastante preocupado para que la pobre bestia que va a la izquierda avance. Tiene pinta de ser un zebú viejo y no tiene ganas de hacer más viajes con vazahs. Nada más salir del pueblo aparece Christophe, el guía que nosotros habíamos solicitado. Reconoce a Leire y nos dice que nos había estado esperando.

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Le comentamos que nos han dicho nuestros nuevos guías que tenía un grupo de 20 turistas y yo no tardo en darme cuenta de que aquí el que no corre, vuela. Los malgaches empiezan a discutir entre ellos, porque han mentido para podernos llevar en zebú. Al final, el guía “mentiroso” baja del carro y acepta que Christophe suba para ser nuestro guía multiidiomático.
El camino dura algo más de una hora entre bosques de espinas y un árbol hermano del baobab del que construyen las balsas. El viaje es una mezcla de sentimientos, por una parte la incertidumbre de los baobabs y su magia y por la otra, el sufrimiento que siento al ver como el conductor de carros con zebú le está clavando un pincho que lleva en la mano en la espalda para que vaya más rápido. Toni y yo nos miramos y nos decimos que algo no va bien. La espalda del pobre animal está en carne viva y cada vez se tuerce más, a pesar de ello llegamos a nuestro destino y a mi me entran ganas de volver andando. Ahora, toca caminar un rato para empezar a ver el árbol que buscábamos. De los 8 tipos de baobabs que hay en el mundo, 6 son endémicos de Madagascar, y 3 tipos están a nuestro alrededor. Los queremos ver todos así que nuestro guía tendrá que moverse por este laberinto de árboles de espinas para cumplir nuestros deseos. El primer baobab que aparece es uno triple de una altura considerable. De una de sus grandes ramas cuelga una liana. Toni, que ha venido parte del viaje imaginando con poder trepar por uno de ellos se da cuenta que su corteza es totalmente plana y resbaladiza, así que prueba suerte con la técnica de Tarzan. Poco a poco vamos avanzando por el bosque y vamos viendo gran variedad hasta encontrar el que tiene parecer ser nuestra víctima. Toni va a probar aplicar las técnicas de la roca a la corteza de un árbol, así que solo con sus manos y pies acariciará su textura para poder subir hasta lo más alto, sin usar cuerda, ni seguros, ni nada que pueda dañarle. Después de un par de pegues, consigue llegar a esa cima rodeada de ramas de unos 6 metros de altura. En lo alto, un solo fruto que ha quedado huérfano de padre es arrancado para viajar hasta casa. Será el regalo para su hermano por ser, quizás el gran culpable de este viaje. Después de disfrutar subiendo a algunos de ellos y comprobar sus similitudes con la montaña, abandonamos los baobab para volver al poblado. Allí lucharemos por conseguir una langosta a cualquier precio local, no más de 4 euros en el peor de los casos. Llegamos justo cuando el sol empieza a esconderse en el mar, eso es cerca de las 18.30. A medida que vamos entrando en el pueblo todo va empezando a ser cada vez más irreal y perfecto. Decenas de niños felices corriendo a nuestro alrededor; señoras recogiendo la mesa que hace de mercado local; señores volviendo a casa después de la jornada de pesca... y todos ellos tienen una sonrisa para nosotros. Seguramente ellos piensen de mí lo mismo que pienso yo cuando veo llegar a los guiris en sus jeeps de Port Aventura para visitar Siurana. Antes de que el sol haga el amor con el mar y acabe perdido hasta el día siguiente en el fondo del océano, una luna casi llena aparece al otro lado, justo en el lugar que acabamos de abandonar, donde los baobabs descansan por el resto de los siglos. Alguno de los que hemos escalado tienen más de 3000 años, y seguramente acabe antes la vida del planeta que su muerte por proceso natural. Una vez llego a la cabaña decido no ir a comer Langosta, ni pescado, ni ningún fruto del mar en el pueblo de al lado. Realmente debo reconocer que al final uno se cansa un poco de estar negociando cualquier paso que da a base de Ariaris (la moneda de aquí). Necesito ir al pequeño restaurante que hay a 100 metros y pedir un plato con arroz y meterme en la cama. A Leire y a Toni les han engañado para ir en barco de vela hasta el pueblo de al lado a la supuesta discoteca. Yo decido seguir con mi tradición de chico-no-marchoso (no por ello aburrido) y quedarme revisando fotos y haciendo copias de seguridad hasta que me entre el sueño o un mosquito terrible me pique. Los momentos de antes de ir a dormir son todo un proceso. Después de las tareas básicas de lavar dientes y demás viene tomar la pastilla para la malaria, que he decidido hacerlo por las noches para no notar tanto sus efectos secundarios; untarse entero de Relec anti mosquitos; encender la espiral antimosquitos, y poner la red antimosquitos, aquí todo es antimosquitos aunque aún no he visto muchos. Me tumbo a dormir en la soledad de la noche con algo de música para relajarme y antes de que me de cuenta llega Toni. Ha tomado algo en la disco, que no era más que un grupo de gente y un radiocassete a pilas y ha vuelto corriendo por la playa a la luz de la luna. Seguir durmiendo no es fácil una vez te has despertado, teniendo en cuenta que aquí solo son las 10 de la noche. Las pilas del Ipod se han acabado así que tengo que recurrir a contar zebús. Un zebú, dos zebús, tres zebús...
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