Álvaro Sanz

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Madagascar #04 (llegada a Tulear)

La mañana ha empezado un poco precipitada para mi. A pesar de haber dormido 10 horas creo que no me he recuperado del todo del viaje, pero Toni tiene la energía de siempre y ya hace unas horas que está despierto.

Golpea la puerta de mi habitación y el ruido se mezcla con algunas notas largas sintéticas en mis oídos. Ayer me quedé dormido con Brian Eno y el Ipod ha seguido sonando durante 10 horas. Esta ciudad está llena de perros que se comunican entre ellos de barrio en barrio quizás para comentar si han comido o no ese día. Toni no me deja tiempo ni para mi ducha más que necesaria matutina, así que me visto rápido y me lavo la cara. El desayuno tiene una presencia europea pero un sabor malgache. El pan aquí está inflado con aire, quizás para que aparente ser una clásica barra de cuarto pero crees estar comiendo un BocaBit. Aún así, la mantequilla y la miel convierten ese pedazo de comida en un manjar. Hemos tomado un taxi 2CV que nos ha llevado a la Universidad del país, una especie de Campus Universitario enorme y lleno de jóvenes autóctonos. Nos han mirado por allí por donde hemos pasado. Quizás aparentábamos ser los primeros Erasmus de la historia de Madagasacar, una especie de Noruego y Marroquí a punto de matricularse en Ciencias Humanas. Pero no era así, ninguno de ellos se podía imaginar que buscábamos un libro que seguramente desconocían. Hemos ido hasta allí porque supuestamente, el traductor de la edición malgache es profesor de la facultad de letras, aunque las pautas que tenemos son pocas así que tenemos que ir centro por centro preguntando por el profesor. Nadie le conoce y nos van enviando de un sitio a otro. No podéis imaginar la suerte que tenemos con nuestras universidades, y lo caprichosos que somos, alumnos y profesores con las necesidades que requerimos para la docencia. Allí, las salas de profesores son, en algunos casos, pequeñas barracas adjuntas a la facultad, y en el mejor de los casos un cuartucho sin luz ni medios. Ni un solo ordenador en secretaria, ni un solo rastro de tecnología en las aulas. Tiza, papel, lápiz y una pizca de sabiduría es lo único que corre por las aulas. Eso si, gente feliz, jóvenes contentos, sonrientes y seguramente orgullosos de hacer lo que están haciendo. Por fin damos con la facultad de letras y el departamento adecuado. El profesor tiene un nombre de pila y un nombre como Doctor universitario. Nosotros le buscábamos por el nombre de pila y nadie le conocía así. Una mujer encantadora nos ha dicho que el profesor está en su casa y que nos puede dar la dirección. Su simpatía va creciendo por momentos, hasta el punto que nos acerca a la puerta de la facultad y ella misma hace la gestión de llamar por teléfono. Os contaré como funciona la telefonía en este país porque es bien curiosa. La calle está llena de puestecitos con una cajita de madera y un teléfono encima. Es una especie de terminal de las de toda la vida pero con una antena como el más moderno router wi-fi. No hay ningún cable ni conexión aparente así que desconozco su funcionamiento real. Al principio llegué a pensar que era gente que vendía teléfonos en la calle. Lo más curioso de todo es que los telefonistas suelen ser dos, uno a cada lado del terminal y ellos te marcan, tú hablas y te cronometran. Después te dicen el importe, que no suele ser mucho. De esta manera los ciudadanos de Antananarivo no tienen teléfono móvil pero están siempre conectados. Si eres dueño de uno de estos puestecitos puedes colocarte donde quieras porque es transportable. Así que la señora ha marcado el número y ha empezado ella la conversación. Le ha tratado, como mínimo de honorable doctor y nos ha pasado el teléfono. Toni le ha dicho que somos los chicos que buscan el libro, ya que hace poco le mandamos un mail para que supiera que le íbamos a molestar. La cara de Toni me ha dicho que las cosas iban bien y el profesor nos iba a recibir en su chalet, así que la secretaria ha hecho un gesto a uno de los porteros de la facultad y este nos ha dicho que nos acompañaba hasta su casa. Toni me ha explicado que en estos países no hay recursos, ni máquinas, pero mano de obra no falta, así que si el portero de la facultad nos acompaña durante media hora a casa del profesor, otro hará de portero. Efectivamente, recursos no hay y el camino hacia la ciudad de los profesores nos lo demuestra. Mujeres, niños y algún padre transportan piedras enormes de un lugar hasta otro donde se está construyendo una especie de acera. Ni una sola excavadora, ni un solo tractor, ni una grúa. Los procesos son totalmente manuales e ilógicos. 070926_madagascar_06_tulear_006.jpg Una señora golpea piedras las unas con las otras para hacer gravilla. Por no tener no tienen ni martillos así que la piedra más fuerte, rompe en pedazos la más débil hasta conseguir una especie de piedras que harán de grava. A su lado una señora coloca dos piedras sobre su cabeza para llevarlas cien metros más abajo, donde un grupo de hombres cavan una zanja de unos dos metros de profundidad por donde tiene que pasar la fibra óptica. Alguna ayuda internacional ha regalado esta tecnología al país, pero irónicamente no tienen la básica para colocarla, así que a base de pico y pala construyen un agujero kilométrico que servirá para conectar diferentes puntos de la ciudad con esta tecnología. Y es que aquí no hay prisa, así que cuando esté acabado el proyecto, a los europeos, la fibra óptica nos parecerá lenta para la transmisión de datos y para ellos será más que suficiente para tirar unas cuantas décadas más. La casa del profesor es un chalet totalmente francés, con su garaje, jardín y cualquier lujo de un banquero parisino. Nos recibe amablemente y nos hace entrar en su casa. Allí, la madre está enseñando matemáticas a dos de sus hijos, que hacen cuentas en un papel. Hablamos con él un buen rato y se interesa por nuestra estancia allí. Le mostramos nuestro recorrido de ayer en busca del ejemplar y nos felicita por la investigación. Cree que estamos mejor preparados que él para la búsqueda y nos dice que estamos haciendo algo imposible. Tan solo él tiene un solo ejemplar. Quedamos totalmente extrañados con lo que nos cuenta pues es bien extraño que el propio traductor del libro no posea un ejemplar para su biblioteca. El doctor nos explica la manera en la que se lanzó al proyecto y lo poco que entiendo de francés me permite emocionarme unos segundos. Os contaré un poquito la historia, pero solo un poquito porque si no os estaré avanzando lo que contará el documental. El doctor dio con el libro en francés y le llamó la atención, lo leyó y le pareció una filosofía fantástica para compartirla con su pueblo, así que decidió lanzarse a la traducción al malgache. Su intuición le dijo que si se ponía a hacer una traducción literal de la obra quizás se perderían cosas por el camino o los jóvenes no entenderían nada así que pidió a su hijo pequeño que lo leyera. Cuando el chico lo acabó, el padre se sentó a su lado y le dijo, ahora cuéntamelo entero con todos los detalles que recuerdes. De esta manera el profesor pudo coger las ideas y frases de su hijo y hacer que la traducción fuese lo más cercana posible a los malgaches de la calle y no de las facultades. De su casa salimos con la promesa de que le enviaremos una copia del documental y partimos hacia el editor. Ayer con la secretaria quedamos que pasaríamos sobre las 11de la mañana. Vamos bien de tiempo, así que nos permitimos caminar un poco antes de coger el taxi. El ritmo frenético de ayer le ha pedido a mi cuerpo que hoy vayamos más despacio para poder filmar con un poco más de cuidado. Llegamos a la puerta del editor y nos abre la misma chica de ayer. Nos dice que va a avisar al padre Nicolas, el jefe. Toni me dice a lo bajini: “Con la iglesia hemos topado”, así que cuando aparece el padre y me doy cuenta que es más francés que la Torre Eiffel me doy cuenta que quien mueve las fichas en este país es el hombre blanco. El padre parece un poco fanfarrón y nos trata como españolitos despistados. Cuando ve nuestro real interés en un ejemplar de su libro nos dice que no quedan. Que se hicieron pocos y que él tiene uno. Le insinuamos comprarlo y nos dice que ni soñarlo, que ese es su libro. Yo le digo a Toni que como mínimo nos lo traiga para poder filmarlo así que él padre acepta y desaparece por unos instantes. Mientras, la secretaria, que ha estado escuchando todo el rato nos dice flojito que una amiga suya tiene un ejemplar que ella le regaló y que podríamos hablar con ella. Que pasemos a la 13 y sabrá algo. Aparece el representante de Dios en la tierra, y del poder en Madagascar con el libro bajo el brazo. Orgulloso de su obra lo abre y empieza a pasar páginas. Toni le saca una edición en aranés que su hermano ha editado. Yo desconocía que teníamos ese as en la manga, pero aún así, el padre no acepta intercambios. Toni le explica que el aranés es un dialecto del catalán, que es del Pirineo... y a ese señor le da igual todo. Hablamos con él un rato para que nos cuente cosas sobre el libro y, como mínimo, nos demuestra que conoce perfectamente la historia. Salimos de allí con la certeza de que eso será lo más cerca que hayamos estado de nuestro objetivo y que ahora nos quedan 9 días para disfrutar del país y buscar el pequeño príncipe en otra dimensión. Así que decidimos que viajar a Tulear, para la que ya hemos comprado billetes de avión, es la mejor opción. Quien sabe, quizás, de nuevo, se le ha estropeado la nave al pequeño y está ahí, esperando, y esta vez no se encuentra con un rey, ni un cazador, ni un zorro, se encuentra con dos jóvenes que le andan buscando. La comida en el restaurante es una pequeña celebración de despedida. El propietario es un viejo espeleólogo francés que lleva más de 25 años en la isla y conoce bien el mundo de los escaladores, parapentistas y montañeros en general. Sus cocineros nos preparan una bandeja de langostinos con especias y unas verduras exquisitas. El viaje al aeropuerto es más cómodo de lo normal ya que nos llevan desde el hotel con un Toyota 4x4 última generación de la isla. Eso quiere decir que es de los de hace 10 años en Europa. Debo decir que hoy he visto una publicidad de Ford Fiesta. El camino al aeropuerto ha sido un poco diferente que ayer, en que todo me sorprendía demasiado. Ahora, quizás después de haber visitado los peores barrios de la ciudad mi cabeza se relaja de pensamientos y sacar conclusiones. Aún así disparo algunas fotos desde el coche con el teleobjetivo nuevo. En una de las paradas que hace el coche por culpa del tráfico intento hacer una foto a un señor dormido en su carrito, y ha aparecido una imagen de las pocas que te sientes realmente orgulloso. Una de esas texturas, juegos de formas y colores, que ni con el mejor de los programas informáticos podrías crear. Quizás por haber estado más dedicado al vídeo, la fotografía ha quedado desheredada de mis caprichos, así que una buena imagen es agradecida (ya lo sé, me lo digo yo todo, pero no tengo a nadie aquí para que opine). En el aeropuerto hemos tomado algo con el propietario del hotel que nos ha acompañado y un escalador amigo de Toni que vive en la Isla Reunión hace 8 años y que formaba parte de esa élite que ha estado intentando encadenar la pared más difícil del mundo sin éxito. Su sobrecarga de peso con el material de escalada le ha costado 1100 euros, una escalofriante cifra para un viaje a la isla de al lado. El avión no tiene mala pinta para ser de la compañía interna del país. Aeropuertos en el mapa hay varios, pero algunos tienen un solo vuelo al mes y cualquier avión, para ir de una ciudad a otra pasa siempre, y digo siempre por la capital. Imaginad tener que ir de Zaragoza a Barcelona en avión pasando por Madrid. Aquí funciona así en el mejor de los casos. Nosotros nos hemos dado cuenta de que tuvimos suerte ayer al encontrar billete a Tulear y que la señora no mintió cuando dijo que solo quedaban 2 plazas. El vuelo ha durado unas 3 horas y ha sido un poco castigador durante un rato de nubes. El frágil avión ha tenido que competir con algunas nubes y tormentas que por momentos hacían que las hélices y alas fueran totalmente invisibles a nuestros ojos. El drama no estaba en el exterior, sino en las caras de los 4 jubilados ingleses que había a nuestro alrededor. Uno de ellos, con el Sonotone en la oreja, creo que lo ha desactivado para como mínimo no oír lo que pasaba.

El aterrizaje ha sido rápido y suave para lo que me temía. He dado gracias de que todo haya ido tan bien pues las palmeras del aeropuerto, si se le puede llamar a un trozo de carretera asfaltado con una pequeña edificación-aeropuerto, se movían con el viento duro que soplaba. La recogida de maletas es como la salida de la guardería de los niños. Los papas de maleta estamos a un lado del mostrador mientras un grupito de malgaches van entrando maletas una a una y entregándola a su dueño que posee un papelito que le han dado en el aeropuerto anterior. Si coincide te la dan, si no, te tienes que pelear para explicarle que es la tuya. Igual que en la ciudad, los taxistas de acosan para llevarte a cualquier sitio. Hay menos que en la capital y quizás son menos agobiantes, aún así, antes de recoger la maleta ya tienes tu taxista privado. Es de noche a pesar de ser las 18.50 de la tarde. Estamos en el Trópico de Capricornio y el sol va de otra manera. De echo todo va de otra manera. Por lo pronto, los taxistas tienen varias técnicas para el ahorro de combustible. Los de la ciudad suben de forma normal pero bajan con el motor apagado para ahorrar, y el más rico con el punto muerto y haciendo un juego de pies entre freno y embrague por si tiene que meter marcha rápidamente. En la zona rural es quizás más increíble, y el taxista pone gasolina a medida que hace kilometros. Eso quiere decir que llega al aeropuerto seco y si le pides ir a la ciudad, va a la gasolinera, hace unas cuentas con la mano y pone un litro de fuel. Cuando se le acaba pone más y así, ajustando al máximo. Ni tiene el dinero suficiente para llenar el depósito ni lo va a tener en muchos días. Nos han comentado que hace poco el litro de gasolina iba a 7 euros y durante unos meses no circuló ni un solo auto por la ciudad. Ayer, a Toni y a mi un taxista nos dejó tirados en una cuesta porque iba tan justo de gasolina que al inclinarse el coche no le llego la suficiente al motor. Cuando le vimos sacar la botellita de agua rellena de gasolina le dijimos que nos cobrase, que ya íbamos andando. Así que vamos con nuestro taxi rural con la gasolina justa hacia el Hotel Refuge de Tulear. Allí supuestamente Leire Aguirre nos está esperando. Formaba parte de la expedición de Toni y se separó del grupo justo antes de que les detuvieran durante 8 horas. Ella no sabe nada de lo que les pasó a sus compañeros. Toni le comentó que yo venía y que me iba a buscar a la capital, si en 3 días no habíamos bajado que decidiera por su cuenta. Pero hemos llegado el día 2 en sus planes y Leire está en el Hotel justo cuando llegamos. Se alegra de vernos y poder hablar castellano con nosotros. Al igual que yo ha emprendido esta aventura sin saber nada de francés y al estar sola ya varios días está un poco saturada de gesticular con las manos. Nos explica todo lo que ha hecho mientras esperamos en el restaurante del Hotel a que nos sirvan algo de cena. Mientras habla va apretando con sus dedos de escaladora el botoncito de su cámara de fotos mientras yo me doy cuenta de que eso es lo que quiero ver. Naturaleza, animales, playas desiertas y sobretodo baobabs. Nos cuenta que le costó 3 días en taxi-bus llegar a su destino y que fue realmente duro. Nos explica que se pararon en la carretera más de una hora por algo que no entendió qué era. Luego nos damos cuenta que eran los ataques que hubo en la carretera y que acabaron con varias vidas de malgaches y el atraco a varios turistas. Leire ha podido comer pescado recién capturado en la playa, langosta recién sacada del mar y paseado por bosques de baobabs, así que le decimos que mañana nos lleve. Estamos en la habitación que nos han dado a Toni y a mi cuando me acuerdo que Leire, además de ser una de las mejores escaladores del mundo y haber sido la mejor en España durante mucho tiempo, es masajista, así que le insinúo que mientras discutimos la ruta de mañana y Toni examina el mapa con un amigo africano que hemos hecho me haga un masaje en la pierna para recuperar lo poco que me queda de dolor y la espalda. Suena Sigur Ros de fondo en mi Ipod mientras oigo a Toni discutir con el negrito los precios de los 4x4 para mañana. Yo me relajo, me relajo, me relajo....