Álvaro Sanz

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Madagascar #03 (empieza la búsqueda)

Son las 20:54 de la noche. Acabo de cenar. La crema de calabaza con papaya y zanahorias era riquísima, y el pescado, un tipo que nunca había probado suave y fino.

Estoy viendo la cama desde esta mesita que tengo en la habitación, que me hace de despacho improvisado y ya sueño con dormir. Realmente, a las 12 de la mañana he empezado a notar el cansancio y el resto del día ha sido una pequeña odisea cargando los 14 kilos de material. La mañana ha empezado con optimismo. Toni ayer contactó con la exministra de cultura que le confirmó con una seguridad rotunda que había visto el libro en un par de librerías y le dio la dirección. A su vez, el propietario del hotel donde estamos le ha dado una lista con algunas tiendas más. Lo bueno y malo de esta ciudad, la capital de un país, es que no le puedes pedir mucho. No puedo imaginar a alguno de nosotros diciendo de memoria todas las librerias y bibliotecas de Barcelona. Pero en Tana, como le llaman los de aquí a su capital, todo se cuenta con una mano. Así que hemos empezado subiendo a un taxi-bus para buscar en todas las tiendas posibles. Aquí hay dos tipos de vehículos, el taxi de toda la vida, que en su mayoría son Citroën 2CV y el taxi-bus, que suele ser una furgoneta de 9 plazas pero en la que caben hasta 25 personas. Así que nosotros hemos subido a uno de estos. He contado y éramos los pasajeros número 11 y me parecía que estaba intimidando demasiado con mi señora vecina, el pie del abuelo de atrás y el padre con su hijo en brazos, pero en la siguiente parada han subido 6 personas más hasta sumar 17. Salir ha sido lo más divertido, creo que habré partido unas cuantas mandíbulas con la mochila de las cámaras. Nos hemos bajado cerca de la primera librería de la lista. El lugar, curioso, y el más bonito de todos los que hemos visitado. Un señor simpático ha cogido nuestro ejemplar en francés y nos ha mirado. Ha dado una vuelta por su tiendecita y nos ha confirmado que no lo tenía, pero que lo conoce. Así que nos ha recomendado algunas librerías más, que se repetían a las de la lista que ya teníamos.

La segunda librería ha sido una falsa alarma. Hemos entrado, sin querer en el hall de un centro religioso y estaban registrando a todos los varones que ahí hacían cola. Yo me he visto lapidado por entrar con la cámara, pero creo que he salido tan rápido que ni Mahoma se ha dado cuenta. La mañana ha seguido así, con un misterioso “no, no lo tenemos, pero lo he visto”. Ya en la Avenida de la Liberación se ha hecho la hora de comer y las tiendas han cerrado, así que aún siendo las 12 de la mañana el hambre me ha pedido un plato de arroz con pollo al curry y una buena crepe de algo que desconocía. Las tiendas abren a las 14, y aún falta media hora. Toni y yo nos sentamos en un boulevard donde hay una de las librerías recomendadas por la señora ministra. Alrededor nuestro no exagero si digo que 200 indigentes están haciendo de todo y nada. Al principio siento tal inseguridad que dejo las cámaras en la mochila y me siento al lado de Toni, como un niño que busca a su padre. Cada minuto, cada segundo pasa algo a mi alrededor, digno de cualquier imagen perfecta pero sacar ahí la cámara de fotos es jugar a ser reportero de guerra. Abren la librería y entramos a por nuestro libro con la seguridad de que lo tendrán. Montones de libros infantiles nos dan esa esperanza, que se rompe cuando la monja que hace de vendedora le dice al señor cura que hace de responsable si conoce la historia de un ateo pequeño príncipe. La librería no es ni más ni menos que una tienda especializada en libros religiosos, así que nos damos cuenta que estamos en el lugar equivocado. Aún así, Toni insiste y la monjita nos dice que nos puede dar la dirección del editor, que lo conoce. En el papelito con la información del libro que tiene Toni aparecía el nombre y resulta estar en la ciudad. Casi con el convencimiento de que lo vamos a encontrar allí, salimos contentos, con el mapa-resumen en la mano. A tan solo 50 metros de allí otra librería está a punto de abrir. Decidimos nuevamente sentarnos a esperar. No nos quedan muchos recursos “oficiales” para encontrarlo. Si no está en las librerías habrá que intentar encontrarlo en una escuela, biblioteca... y tratar de cambiarlo por algo o por nuestro ejemplar en francés o catalán. Frente a nosotros, mientras esperamos que la “Librería de Madagascar” abra veo una escena de esas que solo se dan en África o en los cuadros de Dalí. Un grupito de chicas jóvenes vendedoras se están despiojando. Sí, ese proceso por el cual uno se tumba y el otro pone una cara de esfuerzo juntando los dientes de arriba y abajo y haciendo una falsa sonrisa mientras con las uñas empieza a perseguir bichitos. Cuando me empiezo a plantear la parte higiénica o no del proceso, me doy cuenta de que una de ellas vende zanahorias crudas y peladas, y la otra ni más ni menos que cepillos de dientes sin envolver. No soy capaz ni de poner cara de extrañado y pienso que en esa librería, cuando abra como mínimo se tiene que aparecer la boa comiendo al elefante, pero no es así. El vendedor nos dice que conoce el libro, pero no lo tiene. Qué raro.

[pe2-gallery class="alignleft" ] 070924_madagascar_04_tana_003.jpg[/pe2-gallery] Decidimos caminar hasta la Biblioteca Central del país antes de pasar por el editor. Toni quiere enseñarme la parte más pobre de la capital y me invita a guardar cámaras y demás. La escena es impresionante. Decenas de puestecitos de los más variopintos mezclan el más absoluto caos con la rigurosidad más austríaca. Vendedores de tornillos, sucios y oxidados pero alineados y ordenados por tamaña se mezclan con unseñor vendedor de antenas que se ha hecho una gorra con una antena parabólica de verdad en la cabeza. Gente pobre vende a otra gente pobre en una ciudad sin ley, con una policía que camina sin armas, sin porras, sin walkie talkies y en solitario, eso sí, con guantes blancos. Me parece imposible que alguien puede llegar a vivir vendiendo tuercas o trozos de chapa, pero mi asombro absoluto es cuando veo a un tipo con una rueda de tractor como único stock de su tienda en la que la rueda hace a la vez de silla, mostrador y producto de venta. Si la consigue colocar hoy, llevará comida a casa, si no, volverá rodando y lo intentará mañana. La biblioteca está al lado del hotel Hilton, un hotel que por el nombre nos da la idea de un lujo que no aparece por ningún sitio. El estado exterior del hotel no debe ser mucho mejor que el Hostal de turno de la calle Tallers de Barcelona. La Biblioteca nacional parece un enorme edificio, que nos hace pensar que alberga nuestro tesoro. El señor de la puerta nos indica que la biblioteca está en la tercera planta, en el despacho de la izquierda. De repente, las esperanzas se reducen espacialmente de forma sustancial.

El bibliotecario es alto, moreno como todos ellos y cojo. Mira nuestro ejemplar con cariño, con la gracia de alguien que sabe saborear los libros, que diferencia sus tapas, el papel satinado del offset barato. Pero no sabe si lo tiene. Nos indica que busquemos la ficha en uno de los cientos de cajoncitos que aparecen detrás nuestro. Nos dice que lo busquemos en la P de petit, en la S de Saint y en la E de Exupéry. Toni me mira con cara de imposibilidad y empieza con sus gestiones mientras yo desenfundo la cámara y me pongo a grabar su momento de bibliotecario. En cada cajón aparecen cientos de fichas de las clásicas, de las de toda la vida, de mis tiempos de EGB, esas rectangulares con una línea roja arriba y unas cuantas azules debajo. Todas esas fichas debían contener la información de cientos de miles de libros que debían estar guardados en algún otro lugar. Cuando Toni se da casi por vencido abandono el trabajo visual y me tiro a uno de esos cajones a buscar. El azar, el tiempo y la poca inteligencia humana ha hecho que el paso de tantas manos por las fichas, haya borrado parte de la información, sobretodo los apellidos de los autores, de manera que la búsqueda se hace cada vez más difícil. No olvidemos que no buscamos “El pequeño príncipe” sino “Ilay Andriandahy Kely”, así que cada 30 segundos tienes que releer el título del libro porqu etodo te parece igual. De repente, otra vez aparece Indiana Jones en mi y veo el apellido de nuestro escritor, pero no coincide con el título de la obra. Allí tienen todas sus otras publicaciones “El aviador”, “Correo del Sur”... y hasta pasadas unas cuantas fichas no aparece la palabra “Prince” seguida de un interrogante. Toni y yo creemos que inmediatamente va a aparecer e libro, pero lo único que sucede es que el señor nos trae un fantástico formulario que rellenar y nos pide pasaportes. Su ayudante desaparece con el formulario, debidamente rellenado por Toni durante 10 minutos. Una vez ha pasado a ser un “consultor oficial de la biblioteca nacional” le dejan pasar a una de las mesas de investigación mientras yo me asomo a la ventana a hacer una foto al “Conservatorio Nacional de Música y Danza” que tiene un aspecto más que terrible. Es cuando aparece el jefe de seguridad del edificio y me dice que no puedo sacar fotos de los libros. Le intento explicar en mi francés de Cuenca que no he hecho fotos de los libros y me voy. 070925_madagascar_05_tana_021.jpg

Podría quedarme un rato más en la biblioteca contando todo lo que me ha pasado en la planta 1 y en la 3 mientras esperaba que a Toni le dijeran que el libro ha desaparecido, pero me lo saltaré y os invito a que me acompañéis a la puerta de la editora. “Ding Dong”, suena el timbre de un aparente chalet de alguien importante. Aparece la secretaria del editor y nos invita a pasar. Le explicamos con cara de pena y de que es nuestra última esperanza de la capital que buscamos un libro que han publicado ellos. La señora lo conoce, recuerda el año de publicación, 1997 y nos dice que no quedan ejemplares en todo el país. Le volvemos a explicar que hemos venido solo para eso, entonces nos sonríe y nos dicen que cree que su superior guardó 3 como siempre hace pero los tiene en su despacho. Nos invita a volver mañana a hablar con él y poner un precio. Nosotros decimos que pagaremos lo que sea y ella sonríe diciendo que casi seguro podremos volver contentos a casa. Toni y yo hemos salido de ahí felices pero con ciertas dudas. Realmente este pueblo es muy optimista y todo el mundo dice que existe algo que no han visto aunque digan que sí. Después de un paseo por el atardecer de la ciudad para conectarnos un momento a Internet nos volvemos al hotel y nos sentamos durante media hora en el sofá. Creo que tenía 10 años la última vez que lo hice: tumbarme en un sofá con los pies sobre una mesa. Eso, el pescado, y la pastilla para la malaria que me está agujereando el estómago me dicen que quizás me meta ya en la cama. Mañana será un día largo.