Álvaro Sanz

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Juegos de luz y color...

Siempre hay lugares a los que quieres volver, y Ronchamp es uno de ellos...

A Ronchamp vine hace más de diez años con un viaje cultural de la universidad y me fascinó la obra de Le Corbusier. El viaje desde Amsterdam se hace largo y caluroso. Lo primero que hago, aunque el sol se está poniendo y sé que estará cerrado, es subir a ver la obra del gran arquitecto: la Chapelle de Notre-Dame du Haut. Sigue tal como fue concebida hace más de 50 años, presidiendo la colina de Bourlémont... pura como una virgen a la que está dedicada. Busco un lugar para dormir, y un pequeño lago cercano a Ronchamp me da la bienvenida.

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Amanezco a las 7 de la mañana y paseo por el lago haciendo algunas fotos esperando la hora en la que la Chapelle abra sus puertas de luz y color. Llega el momento y lo vivo con más intensidad que la vez anterior. Todo me parece demasiado perfecto como para ser de  cemento y hormigón. Todo me parece demasiado terrenal como para ser un lugar divino. Paso más de 4 horas entrando y saliendo de la pequeña iglesia, cada momento es distinto, y podría pasar allí el resto del día, pero la llegada de un autobús de italianos me hace salir del lugar. Comparto con vosotros algunas de las fotografías que he hecho, y si no os importa yo voy avanzando hacia Suiza, porque otro gigante blanco me espera, el Mont-Blanc.