Álvaro Sanz

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Pompeya, Matera y Alberobello

Antes de dejar Italia Kate y Leaf, los viajeros australianos que he conocido estos días, me obligan a visitar Pompeya, así que hago caso a sus recomendaciones y me obligo a visitar las ruinas.

Confieso que no estoy entusiasmado y me hago el fanfarrón diciendo que vengo de Tarragona y ya he visto todo sobre los romanos, pero nada más cruzar la entrada me doy cuenta de que he abusado demasiado de mi confianza y estoy ante una gran ciudad, una auténtica ciudad romana. Pompeya no son 4 piedras, no son unos restos, no es un lugar turístico a pesar de que más de dos millones de personas lo pisen cada año. Pompeya es historia, son vidas, es energía pura, es muerte también. Cruzo las calles solitarias con la sensación de estar en una máquina del tiempo con la que Michael J. Fox jamás hubiera soñado y tengo la suerte de tener instantes de soledad en esta enorme mole. Siento como si los habitantes acabasen de salir de casa y hubiesen dejado las cosas tal cual... pero la historia nos cuenta que la lava del Vesubio que puedo ver al fondo amenazante llegó hasta ellos de forma inesperada. Me pierdo en los juegos de luces que hacen las ventanas mientras el sol se esconde y sale entre las nubes para ofrecerme momentos que ni el mismo Apolo creería. Los claroscuros son demasiado radicales para los nuevos sistemas digitales y añoro tener una máquina super8 como la que tenía mi padre y poder captar con exactitud y sobre celuloide toda esta inmensidad, pero me conformo con esperar apoyado en una columna jónica a que los cúmulunimbus me hagan de enorme difusor y me permitan obtener unos segundos de imagen.

071106 pompeya-35.jpg Como siempre y sin cansarme de repetirlo, me arrepiento de no haber atendido más en aquellas infinitas clases de la historia de Roma, que siempre eran el tema 4 o 5 de los libros de historia de EGB y que cada uno o dos años volvíamos a empezar de forma aparentemente estúpida. Tengo claro que si algún día tengo un hijo, o dos, o tres, les intentaré hacer creer que todo eso que aparentemente es paja para cubrir un expediente y tenerles atados a una silla durante los años más bonitos de su vida es realmente conocimiento, y que su padre un día fue a Pompeya y deseó recordar las clases de historia de Isabel. Salgo hacia Matera, uno de esos puntos que tengo marcados en el mapa con un circulito negro y relleno en rojo, que quiere decir, por un lado, que unos italianos me lo sugirieron antes de salir de Siurana y por otro, que la guía Lonely Planet lo recomienda. Paso un buen rato intentando aparcar y eso me desespera, pero después de una curva cerrada aparece la claridad, la increíble ciudad antigua de Matera surge frente a mí y creo estar en Jerusalén hace 2000 años. Después de la experiencia de esta mañana entre lava y restos humanos descansando en posturas absolutamente naturales, este es el mayor tesoro que he encontrado desde el inicio del viaje. Esta ciudad, Matera, ha sido durante muchos años un centro turístico resacoso de la película “La pasión de Cristo”, donde se rodó. Por suerte ahora ha bajado el interés, la gente está preocupada en contemplar la sonrisa de la Mona Lissa después de ver “El Código da Vinci”. 071105 matera-8.jpg071105 matera-9-Editar.jpg Dejo la autocaravana y salgo a pasear en esta increíble ciudad, dividida en tres partes, por un lado la nueva y moderna Matera a la que no le falta de nada; por otra una interesantísima urbe que parece competir con el pesebre que montábamos cada navidad en mi casa, y por último los “sassi”, unas cuevas excavadas en la roca que demuestran la pobreza a la que ha estado sometida esta región de Italia. Las viviendas excavadas son uno de los asentamientos humanos más antiguos que hay en el planeta. No tengo la suerte de poder entrar en ninguna porque ya ha caído el sol y todo está cerrado, pero eso hace que las calles estén totalmente desiertas y le da un tono más mágico, si cabe, a la visita. No tengo suficiente luz para filmar, pero me distraigo haciendo fotografías de larga exposicion y atrapando las luces de las farolas durante 30 segundos. Este tipo de fotografías te ayudan a conocer el lugar, te obligan a estar quieto varios minutos esperando la perfecta combinación de diafragma y velocidades y solo el “prueba y error” funciona en muchos de los casos.

071107 01 road to alberobello-12-Editar.jpg Esta noche, he dormido a los pies de Alberobello, pequeña población a la que llego por la mañana, temprano. Este poblado es conocido por los “trulli”, sus más de 1500 viviendas de planta circular y techos de pizarra en forma de cono. Las calles de Alberobello irradian luz, sus paredes blancas por la cal de las paredes reflejan todos los rayos habidos y por haber y el paseo es tan distinto al de anoche que parece imposible que el sur de Italia pueda regalarme todos estos matices de su cultura pasada. Esta ciudad, de origen totalmente desconocido, se cree del siglo XIV y su arquitectura tiene un sentido: los habitantes de los trulli tiraban sus casas al suelo cuando pasaba el recaudador de impuestos para así evitar tener que pagar ningún tributo. Cuando el “señor-hacienda” se iba, volvían a levantar su pequeño hogar y todo volvía a ser normal por una temporada. Los preocupados por la vivienda en Barcelona podríais hacer lo mismo... pero no doy ideas...

071107 02 alberobello-14.jpg Los trulli descansan de la temporada de verano y están tan tranquilos como la Matera de ayer. Pequeños carteles explican que hay trullis-hotel, trullis-restaurante, trullis-bar, trullis-tienda-souvenir, trullis-iglesia, trullis-mentira... El sol está cayendo y entro en Bari, ciudad cuyo único interés es tener un puerto enorme desde el que sale el ferry que me va a llevar a Grecia. La chica que vende billetes me recibe y me pregunta dónde vamos, le digo que a Grecia, me dice que Grecia es muy grande y le digo que perfecto, que la quiero conocer entera y que me da igual por donde empezar así que me ofrece el precio superespecial. Faltan solo 90 minutos para que salga el barco.[pe2-gallery class="alignleft" ]

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