Álvaro Sanz

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Ljubjlana, estudiantes, navidad y salchichas

Al final, después de visitar tantos países, pueblos y ciudades, uno aprende a distinguir los tamaños y calidad de los lugares.

Se puede medir por la cantidad de concesionarios de coches que hay y sus dimensiones; por las gasolineras y sus surtidores; por las señales de tráfico y los anuncios de hoteles; la cantidad de carriles que hay para entrar y el tráfico en hora punta; el tamaño de la tienda Vodafone... y Ljubljana parece grande y recuperada de las miserias de hace una década. Hace dos años, cuando pasé por aquí tenían su propia moneda, ahora están estrenando el euro y adaptándose a él como nosotros hace unos años.

Hace frío, el termómetro marca diez bajo cero, o lo que es lo mismo “un frío que pela”. La búsqueda del taller para la caldera estropeada es desquiciante. En la dirección que marca la garantía, donde se supone que nos están esperando, aparece un viejo taller cerrado. No parece un lugar de autocaravanas. Es un pequeño lugar donde reparan aires acondicionados. Insisto en dar golpes en la puerta pero no aparece nadie. De lo más profundo del bar de al lado sale una señora que me dice que pase a su localcito. Y allí, al fondo del tugurio, un señor con un mono de mecánico está bebiendo copas con sus colegas a las 12 de la mañana. Me dice que está advertido de mi problema desde la central alemana, pero que vaya a otro sitio. Lo agradezco, en parte. Al final, después de dedicar todo el día e insistir mucho, en la otra punta de la ciudad un mecánico me desmonta entera la calefacción y la repara. La supuesta razón de la avería es la mala calidad del gas albanés. Dudoso, como su taller. Desde la salida de Tarifa no he dado un solo paseo nocturno por una ciudad, y aunque me tira más lo rural, a veces un poco de cosmopolitismo apetece. Ljubljana, a parte de ser impronunciable, es una ciudad que alberga más de 35.000 estudiantes. Parece que de golpe ha venido la Navidad. Decenas de puestecitos con adornos navideños y comida tradicional invaden el centro, iluminado de forma suficientemente creativa como para no parecer hortera. Me pierdo por las calles, como productos tradicionales, y me doy por vencido a las diez. Al llegar a casa, el calor de la pequeña estancia que hace de comedor-cocina-sala de estar-despacho-habitación... me alegra. La caldera funciona y la noche será perfecta.

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