Álvaro Sanz

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El Peloponeso con lluvia se hace más corto

Conducir en Marruecos es una locura porque no hay leyes y cada uno va por donde quiere; en Madagascar es peligroso porque las carreteras están fatal y los autos son viejos, pero en Grecia es una lucha constante por la supervivencia.

Me ha costado un poco entender el concepto, pero a la que te pitan tres o cuatro veces, te hacen luces en 25 ocasiones y te ves estampado en la cuneta 18 más, lo pillas. La cuestión es que el país tiene 4 autopistas, el resto son carreteras nacionales y la gran mayoría, comarcales. En las carreteras de un solo carril por cada sentido hay una ley no escrita que dice que debes ir por la cuneta para que los rápidos puedan ir por el carril normal, y los lanzados puedan adelantar saltándose la línea continua, las isletas y lo que haga falta. Lo más divertido de todo es ver dobles adelantamientos en ambos sentidos, cuando se juntan 4 coches en el espacio justo a velocidades de vértigo. Y es que en otros países donde la conducción también es temeraria, los vehículos son viejos y no alcanzan las velocidades de aquí. Ayer me dediqué a contar accidentes en la carretera y me salió una media de 1 cada 200 metros. El sistema de contabilidad es fácil, aquí colocan en las cunetas donde ha perecido un familiar una pequeña capillita del tamaño de una casa de muñecas. El objeto es un poco kitsch, pero a ellos les debe consolar. Colocan una foto en el interior, flores, velas que milagrosamente casi siempre están encendidas y unos botecitos con aceite de oliva. Con curiosidad creciente busco en la guía, por si pone algo sobre el sistema de conducción griego y no me sorprendo al leer que éste es el país con más muertos en la carretera de Europa, 2000 al año, y eso que tiene una población de sólo 11 millones de habitantes. Así que con todo esto aprendido bajo hacia el Peloponeso, la parte sur de Grecia, donde se supone que reina la tranquilidad absoluta (fuera del asfalto, claro). Mi primera parada es Amfilochia, un pequeño pueblo en el curioso Golfo de Amvrakikós, que tiene una estrecha entrada de agua de mar pero parece más un lago que otra cosa. La autocaravana se detiene en un pequeño puerto con unos 10 barquitos de pesca, a tan solo un metro del agua. Se pueden oír las diminutas olas romper pero el sonido de la lluvia puede más. El amanecer es espectacular, con las nubes bajas empezando a deslizarse por las montañas hasta al mar, en busca del frío. Mientras las tostadas van desapareciendo del plato y una suite para cello de Bach suena poderosa en los altavoces, las nubes acaban oscureciendo las aguas tranquilas y un barco diminuto aparece en el mar. Un señor mayor intenta con esfuerzo sacar su barca al mar así que no lo dudo y le ayudo calándome hasta los tobillos... pero cuando quiero congelar el momento con la cámara ya es demasiado tarde... el hombre está lejos y no obtengo el retrato que quiero. Me conformo con una de esas “fotos testimoniales” que decía mi primo Juan. Saltándome parte del guión, porque la lluvia no me deja hacer casi nada, aparezco en la antigua ciudad de Olympia. En el parking de las ruinas, paso 4 horas viendo como la lluvia golpea cada vez más fuerte y tomando decisiones. Con el mapa de Europa completamente abierto ante cualquier posibilidad de cambio, decido simplemente acortar el Peloponeso y salir hacia Atenas. Cada día llueve más, todo está gris, triste.

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