Álvaro Sanz

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Albania y Montenegro

Estoy en la frontera griega con Macedonia.

Hay un error en mi carta verde internacional. Tengo que hacer una falsa traducción de la letra pequeña para que me dejen pasar. Cien metros después cuatro tipos me paran y me miran la cara. Revisan mi carnet y por la expresión de sus rostros les debo parecer turco. Me abren la barrera, respiro tranquilo y cien metros más adelante unos policías macedonios me detienen. Me registran la autocaravana enterita. Uno de los agentes me dice que si soy del Madrid, le digo que no, así que me dice: “oh, del Barça, el superbarça!”. Le veo tan entusiasmado que le digo que sí, que del Barça sí. Me empieza a decir todos los jugadores del gran club y no me suena ninguno, yo me quedé en la época de Zubizarreta… El tipo me dice que le regale una camiseta de mi equipo pero le digo que no he traído, así que me pide algo de pasta para comprar unas bebidas. Se conforma con un par de euros que se esconde rápido en su chaqueta, no sea que le vean los superiores. Salgo de allí sin problemas y con 4 euros menos.

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La carretera cambia, estoy en un puerto de montaña, llueve, es de noche, hay baches, agujeros, trozos sin asfalto. ¡Cómo puede ser que una sola línea imaginaria en el suelo, unas cruces en un mapa, un par de barreras y unos polis futbolistas y cerveceros marquen tantas diferencias!

071129_albania_008.jpg El viaje por Macedonia dura poco, casi menos que cruzar su frontera con Albania. No hay cola, ya es bastante tarde, pero los papeleos y los pagos de euros inventados se hacen eternos. Cuando nos vamos a ir pregunto al último agente que me revisa si Albania es seguro y me contesta en inglés: “Claro que es seguro! ¿donde te crees que estás? Esto es Albania!”

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[...] La carretera se complica en los últimos pueblos de Albania. Creo haberme perdido pero no lo puedo saber, el GPS no funciona aquí y los mapas no tienen la mitad de carreteras ni pueblos. La velocidad desde hace rato no supera los 30km/h en un carretera recta. Hay baches, alcantarillas sin tapa, maderas, piedras, perros cruzando, señoras con troncos, señores paseando vacas, chavales con rebaños de pavos... todo lo imaginable se cruza en el camino. [...] Cuando parece que ha terminado la pesadilla, empiezan los problemas en la autocaravana. La calefacción se ha roto. Hace 2 grados bajo cero por la noche y mi casita está helada. Tampoco va el agua caliente, así que me tengo que duchar con ollas de agua templada en la cocina. A la hora de desayunar, la leche está cortada. Para colmo la auto sigue teniendo el panel de control averiado, la alarma sigue sin funcionar y el motor está inundado de agua. Señor, soy consciente de la suerte que tengo de ser de donde procedo, pero ¿no me podía haber administrado las desgracias un poquito?