Álvaro Sanz

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Flotando con Peter Broderick

El concierto de Peter Broderick de hace casi dos años fue especial, muy especial, entre otras cosas porque era el primero al que asistía Nanook.

Hoy he repetido, pero sin nuestro pequeño. Y gracias a David, el dueño del Café Pop Torgal, donde se va a dar el concierto me encuentro de repente sentado en una mesa con riquísimos pinchos en el casco antiguo de Ourense. En la mesa no estoy solo solo. Además de él y su socio hermano, hay dos amigos suyos y una persona muy especial, Peter Broderick y su telonero Greg Haines. Durante un rato charlamos de música, de emociones, de la vida en el campo, de lo bien que se vive en Galicia... y le regalo una copia de "Nieve de Primavera". Cuesta imaginar que alguien que está tomando unos pimientos del padrón pueda hacernos volar dentro de media hora.De el concierto poco os puedo decir, la verdad. Con un músico como Peter lo que más deseas es tenerle cerca para notar su sudor, su expresión al doblar la sierra, su nerviosismo al moverse entre pedal de Loops, el violín, piano, voces... y el Torgal lo tiene todo para que el concierto sea mágico. Poder sentarte en el suelo a un metro del músico. La luz justa. El respeto absoluto de un público que sabe lo que está viendo y escuchando y no le pilla por sorpresa. El sonido correcto. Y un telonero de lujo que nos prepara emocionalmente para lo que está por llegar.Broderick ha hecho de las suyas. Ha metido su voz por el micro del violín, ha repetido el proceso tres veces, se ha sentado al piano y ha dejado notas flotando. Ha pillado el violín con una mano mientras con la otra agitaba unos cascabeles, ha salido del pequeño escenario y se ha tirado en el suelo en medio del local agitándose como un auténtico chamán... ¿un hombre solo puede hacer tantas cosas? un hombre no, un mago sí.

Balmorhea...

No quiero decir que el concierto de Balmorhea ha sido el mejor de mi vida, no. Diré que fue uno de los mejores.

Solo me había pasado una vez y volvió a suceder: la mano en el disparador durante más de un minuto, la sensibilidad correcta, la velocidad de obturación justa para captar el movimiento de sus manos, la abertura máxima para dejar entrar la poca luz de la sala... y allí quedé inutilizado durante unos instantes en los que a través de la mirilla veía la magia de unas manos tocando las notas justas y suficientes para que mi corazón latiera con fuerza, para que una lágrima hiciera que la imagen quedara desenfocada. Es la magia de Balmorhea en concierto. Es la magia de una de esas bandas que atrae a un pequeño público en una ciudad de medio millón de habitantes. Pero ellos están en sus casas mirando culebrones, salsas rosas y resúmenes futbolísticos sin saber que algo demasiado grande está sucediendo en su ciudad. Y no pude disparar, no pude hacer la foto porque el silencio creado entre las notas era tan mayúsculo que yo no era nadie para romperlo. La otra vez que me sucedió fue con Peter Broderick y espero volver a sentir lo mismo más veces, porque la música se puede fotografiar, pero la magia a veces no se deja.