Álvaro Sanz

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Volver a empezar

Todos los que escriben un libro lo saben; los que graban un disco lo padecen; los investigadores lo sufren...

Es el miedo a no poder empezar de nuevo. La prisa de una entrega, de un final, de un cliente... Los que escribimos y compartimos nuestra vida y nuestras fotografías en un blog también, de vez en cuando, queremos volver a empezar. Cambiar de estilo, de diseño, de maquetación, de forma de redactar, de temáticas... A veces miro el blog y me pregunto porqué escribí ciertas cosas, y porqué no he hablado nunca de otras... sí, nunca os he contado, por ejemplo que una vez me persiguieron con una pistola y me lanzaron 3 disparos en un polígono industrial.

Por ejemplo, he estado años creyendo que utilizar marca de agua en mis fotografías era "protegerlas" del uso y la apropiación indebida. Hace unos meses, ya comenté en las redes sociales que la revista Woman me había cogido una fotografía (además de temática personal) y la había publicado en su edición en papel. En los kioskos, miles de revistas con una foto mía, literalmente robada de mis servidores, manipulada (la invirtieron) y con una foto pequeña encima del lugar donde salía mi nombre y la web. Suerte que una amiga recordó la imagen y me lo comentó. La de veces que alguna de nuestras fotos habrán sido utilizadas para vete a saber qué!

Así que hoy he decidido que si pudiera volver a empezar, entre otras cosas, dejaría de utilizar marca de agua en las fotografías. Las ensucia, me hace trabajar más, y no sirve para nada. Así que he hecho un ejercicio: he mirado atrás, a 2007, cuando empecé con el blog, y he buscado fotos de uno de los mejores viajes de mi vida, el que hice a Madagascar y he seleccionado fotografías que tenía olvidadas, que descarté por ser malas, o no tan buenas como las que seleccioné en su momento. Ahora las comparto, como si pudiera volver a empezar, aunque sea solo por hoy... y si pudiera, no os habría escrito todo esto. Os habría dicho simplemente: "Estoy buscando al Principito. Creo que lo he encontrado". Los que me seguís hace tiempo sabéis el sentido que tiene. Buenos días!

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Acercarse a la realidad...

Hoy estaba de nostalgia viajera y me he acordado de que ahora va a hacer cuatro años que emprendí uno de los mayores viajes de mi vida, el que me llevó por Madagascar durante 15 días en busca del ejemplar de "El Principito" para el mayor coleccionista del mundo.

Una de las cosas que aprendí y trabajé es a retratar personas. Acercarme a ellas, no ópticamente, sino físicamente, mirarles de cerca a los ojos y que ellos me miraran a mi. Que vieran mi sutil sonreír. Que yo viera el suyo. Porque aunque no lo parezca, en Madagascar, todos, o casi todos sonríen. Esta niña la encontré en Antsirabe, una ciudad del centro de la isla. La fotografié mientras venía desde lejos y creí tener la foto. Pero la revisé y no me convenció. Recordé las palabras del maestro y esperé a que se situara a una distancia prudencial como para que viera mi gesto y aceptara que la iba a retratar. Nada que ver...

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If your pictures aren't good enough, you're not close enough.”  Robert Capa

Mirades de Cargol: Costa de Moçambic, els riures dels nens

De los 13 capítulos que conforman esta primera jornada de Mirades de Cargol, el programa que dirijo y produzco, el de Mozambique es el que más me emociona por todo lo que ha supuesto ese viaje por tierras malgaches.

Esta semana se ha emitido en la XTVL el programa correspondiente a la Costa de Mozambique en Madagascar. Recorriendo aldeas como Ifaty o Andavadoaka podréis navegar por aguas cristalinas y revivir en un viaje lleno de sonrisas.Aquí tenéis el texto en versión castellana:

Hace tiempo necesité salir a buscar. Algo en mi interior me catapultaba hacia adelante como movida por un resorte mágico de añoranza...¿pero qué era eso qué mi alma me pedía encontrar?
En Tulear esperé la salida del sol, ansiosa por preguntarle a la luz del alba, a los sonidos de la mañana...
No encontré respuesta. Quizás en Ifati podría dar con alguna pista, así que me transporté en un viaje rudimentario y volví a escuchar el nacimiento del día. El cálido naranja vespertino me susurró de la infancia, de la inocencia, de las sonrisas regaladas...y seguí preguntando...¿dónde estaba aquella sensación perdida, aquel recuerdo de felicidad gratuita?
Alguien me dijo de Andavadok, así que allí esperé de nuevo el desperezar del amarillo... y le hablé, ansiosa por saber: ¿dónde se ocultaba?
Supe entonces del esfuerzo por la supervivencia, del amor orgánico de la maternidad ancestral, del azul del cielo tiñendo con sus reflejos este mar espejo, de las noches tejidas con constelaciones eternas. Pude escuchar el cansancio de los barcos regresando para encontrar su lecho de arena, después de una jornada de viento y salitre. El recuerdo de una niñez olvidada vistió entonces los rostros de una alegría sincera. El vuelo de dos almas libres me hicieron recordar...poco a poco mi piel empezó a olfatear aquella idea olvidada, aquel tacto de inocencia aterciopelada. Como un viejo perfume del pasado, comenzó a introducirse por cada uno de mis poros, a recorrer el torrente de mi sangre entumecida, a ocupar las ancianas articulaciones de mi razón adulta, a descontar los años de mis edades cumplidas... hasta que llegó al centro mismo de mi corazón de hojalata...y como brasa al rojo vivo lo fundió en luz de ilusión dorada.
The lost picture #03: Entre baobabs...

Toni Arbonés estaba preparándose para trepar a este baobab, yo ajustando mis cámaras para rodar. De repente apareció este caminante que venía de ningún sitio e iba a ninguna parte, como tanta gente en África...

Aquí os dejo otra de mis "fotos perdidas". Esta, la descarté en su día simplemente porque seleccioné otro encuadre que me pareció mejor, pero ahora, viéndolo con el tiempo no sé si acerté. Sea como sea aquí os dejo esta imagen tomada cerca de Ifaty, en Madagascar, en septiembre de 2007. Si queréis saber la localización casi exacta del baobab en cuestión, haced clic aquí.

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Madagascar #11 (recta final)

El día amanece nublado, y nuestras intenciones de visitar el lago con la salida del sol se van al traste. Decidimos pues pasear por la ciudad y desayunar con la calma que hace días hemos olvidado.

Llevo el ordenador encima para poder subir a Internet las últimas crónicas pero parece que el sistema telefónico del país ha caído en picado y no va a haber solución. Así que nos conformamos con un desayuno a base de zumo, yogur, café y crepes variadas. Cuando volvemos al hotel con la intención de recoger las cosas me encuentro con unos portadores de pousse-pousse jugando a una especie de bolos en la calle. Saco la cámara de vídeo y me pongo a grabar. A los 5 minutos ya formo parte del juego y me dejan entrar en el campo de batalla donde las bolas se golpean unas con otras. Me advierten con señas de que un bolazo en la cabeza me la pueda abrir en dos, pero les digo que tengo un ojo en la cámara y el otro en el lanzador, que ya me cayó alguna canica de las metálicas en la cabeza en 3º de EGB. Durante un rato comparto con ellos su diversión y les acabo retratando en grupo. Al final, como era de esperar, me piden que les de algo de dinero. Entrego a uno de ellos la cantidad que a mi me parece. Un minuto más tarde, desde la habitación del hotel, observo como se dividen el dinero entre todos sin ningún tipo de problema y desaparecen del campo de bolos.

071003_madagascar_28_antsirabe-18.jpgSalimos en un taxibus hacia el lago que se encuentra a 6km de la ciudad para ver qué nos ofrece. Después de un viaje corto, llegamos al destino. Aparentemente no es nada del otro mundo, pero a medida que vamos hablando con la gente voy sacando más y más jugo. Así paso un rato filmando a un grupo de señoras que lavan la ropa en el lago de aguas marrones y a unos señores que juegan a cartas mientras observan de reojo a sus mujeres trabajadoras. En menos de una hora estamos de vuelta a la ciudad y vamos de nuevo al restaurante italiano. Allí he quedado con los músicos de anoche para grabar unos recursos de audio. Después de comer de nuevo una pizza, esta vez en forma de Calzone, aparecen los dos chavales con una sonrisa de oreja a oreja. Parece que les apetece tocar para mi y que registre su música. Vamos a la parte de atrás del restaurante, a un patio poco atractivo pero que nos ofrece tranquilidad. Allí, improvisamos un sistema de grabación básico y les pido que toquen las canciones que recuerdo de ayer y que mejor me pueden servir. La última canción la toco yo con ellos y dejo la cámara en el trípode grabando. Así que con ese trío fantástico como broche final, salgo del restaurante en moto para ir a buscar al corredor. Toni ya está con él hace rato. El entrenamiento es básico, series de carrera continua alternada con descanso al trote. El campeón sobresale por encima de los demás, que corren a buen ritmo, algunos con zapatos, otros descalzos, y es que, como nos cuenta el coach, aquí no hay dinero ni para zapatos y algunos compiten con los pies sobre el asfalto o tierra batida. Toni se interesa por el sistema de entrenamiento que hacen y en resumen, nos cuenta que alternan correr con natación y un poco de pousse-pousse. La razón de este entrenamiento raro para un corredor es que en el país no existen pesas ni gimnasios, así que la natación ayuda a fortalecer unos músculos, y el carrito portador de personas, otros.

071003_madagascar_28_antsirabe-68.jpg Después del entrenamiento nos traen un carro para que podamos hacer una entrevista y charlamos con él sobre algunas cuestiones que nos parecen interesantes y relacionables con nuestro proyecto audiovisual. Cuando acabamos, el entrenador nos pide que a parte de darle algo de dinero le obsequiemos con algún souvenir, así que se nos ocurre darle una de nuestras camisetas de Siurana. Hacemos una foto de rigor para el recuerdo y nos despedimos de ellos. Un taxi nos lleva hasta la estación de taxibus de Antsirave donde queremos salir hacia Antananarivo, ya que mañana cogemos el avión a casa. Esta vez no estamos de mucha suerte y el vehículo que nos toca no es para turistas ni va vacío. Ya está lleno hasta los topes y quedan dos huecos para nosotros. Además de los 15 pasajeros, encima, en el techo, una gran cantidad de gallinas van a hacer el viaje con nosotros sin protestar. Casi 3 horas después, llegamos al hotel donde pasamos las primeras noches en la ciudad. Me siento casi como en casa y todo me huele a final. Estoy cansado como para escribir, así que lo dejo aquí. Supongo, que con los pies en mi Catalunya deseada os contaré como ha acabado todo, si es que ha acabado. Quizás solo ha hecho que empezar, y el pequeño príncipe ha aparecido para volver a desaparecer. Leí una vez que quien pasa un rato a la sombra de un baobab, vuelve a África. Parece que siempre es así, y espero que así sea. Sobre el libro, físicamente hablando, sabréis más... algún día...

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Madagascar #10 (música en vivo)

Hoy me despierto en Fianarantsoa con la sensación de que esto ya se acaba. Ahora solo nos quedan un par de jornadas y una sola carretera que atravesar.

Nuestro próximo destino es Antsirabe, allí queremos encontrar a un portador de Pousse-pousse muy especial, el campeón de varias pruebas de atletismo de los Juegos de las Islas del Índico. Cuando viajábamos en avión de Tana a Tulear leímos en el periódico su historia y nos pareció atractiva para incluirla en nuestro docu, como un personaje que nos podría aportar algunos puntos de vista, como mínimo curiosos. Nuestros compañeros de viaje en este trayecto de unas 6 horas son 4 franceses que viajan desde hace algunos días por el país. Entre todos alquilamos un taxibus para ir un poco amplios, y se agradece. Yo, que tengo un día independiente paso todo el trayecto escuchando música y escribiendo lo que ha pasado estos últimos días antes de que se me empiecen a olvidar. Soy como el pececito azul de “Buscando a Nemo” y sufro “pérdida de memoria de corto plazo”. ¿Alguien me deja un mensajito con el nombre del pez? se me ha olvidado. La carretera está en buen estado aunque llena de curvas. En una de ellas, y en bajada adelantamos a un par de chavales que llevan uno de los carros de transporte que hay por todo el país. Son una especie de carretillas con volante, con ruedas muy rudimentarias, de madera y sin goma, y que circulan por las carreteras. En subida, normalmente lo empujan más de una personas dependiendo de la mercancía. En bajada, en cambio, normalmente un solo piloto baja a toda velocidad.

071002_madagascar_27_road to antsirabe_-21-Editar.jpg Durante el camino hacemos una parada rápida para comer y aprovecho para entrar en la cocina y observar como una señora limpia los granos de arroz y los separa de forma totalmente tradicional. En la comida se habla de muchas cosas, y una de ellas es nuestro motivo de estar en la isla. Los franceses, que todos conocen a su escritor más famoso se sienten atraídos por nuestra búsqueda y algunos aportan pistas. La chica que viaja en el grupo tiene un ejemplar en malgache, la pieza que buscamos, pero no nos la ofrece bajo ningún precio. De alguna manera ella también es una coleccionista del libro, aunque a menor escala. Nos comenta que lo compró hace varios años y ahora había vuelto a buscar en este viaje y no había visto ninguno. La misma historia de siempre. Llegamos a Antsirabe mientras cae el sol. Antes que se haga de noche Toni va en busca del atleta mientras yo me quedo esperando en el hotel. Tan solo 10 minutos después de que Toni salga, llaman a mi puerta y un señor bajito me dice que es el “coach” del conductor de pousse-pousse más famoso de Madagascar. Me quedo sorprendido de la efectividad de todo esto y le explico porqué quiero entrevistarle. La semana pasada vino la BBC y ahora ya se empiezan a interesar mucho por él. Como no habla ni francés ni inglés, el entrenador le hace también de representante. Le cuento la historia del principito por encima y le muestro un ejemplar para que no crea que se me va la cabeza y me estoy inventando el cuento de un niño que viene de otro planeta. Se cree todo lo que le digo y quedamos para mañana a las 4 para cumplir todos nuestros deseos. Al poco llega Toni que también se ha encontrado al coach por el camino y han hablado de lo mismo. No entendemos cómo se han enterado tan pronto que le estábamos buscando, pero la comunicación sin teléfono móvil funciona perfectamente en esta ciudad. Después de esta inexplicable efectividad vamos al restaurante italiano que nos han recomendado unos compañeros del viaje. El restaurante ofrece, además de pizzas, música en directo. Un par de chicos tocan guitarra y percusiones mientras cantan a dos voces. Me los quedo mirando un rato mientras me traen las dos pizzas que he pedido para cenar, traigo hambre. Pienso que estaría bien quedar con ellos en un rato de mañana para grabar bien su sonido y poderlo usar en el documental, así que cuando acabamos de cenar les hago la propuesta y quedamos a la 1 de mañana para crear un pequeño estudio de sonido improvisado al estilo malgache. En la habitación del hotel escribo algunas cosas y retoco fotografías mientras hago copias de seguridad de las cintas de vídeo que he grabado ayer. El sueño me entra pronto y caigo rendido rápidamente.

Madagascar #09 (en busca del Lemur)

En Madagascar el azar siempre cubre tus necesidades, así que a las 7 de la mañana vamos a la parada de taxis a buscar a nuestros locos fitipaldis de ayer para que nos lleven a un parque nacional a buscar al lemur, un pequeño animalito encantador que hay en la isla en algunos puntos concretos y que queremos filmar.

Cuando llegamos a la estación y ya estamos rodeados de decenas de taxistas ofreciendo sus servicios aparece una sonrisa resacosa por la ventanilla de un 4L. Nuestro chófer de ayer y su hermano están ahí como si supieran que íbamos a llegar en ese preciso momento. Subimos a su coche y les decimos que queremos ir a ver el lemur al parque nacional.

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El hermano lleva una resaca importante y confiesa que no ha dormido en toda la noche. Salió de fiesta y bebió mucho y ahora no quiere ir a casa a dormir. El dinero que ganaron ayer con nuestro servicio urgente en busca del tren les dio un subidón demasiado importante como para no salir a celebrarlo. Le explicamos con detalles que hoy no tenemos tanta prisa, así que puede conducir por debajo de los 80km/h. Cruzamos la misma carretera que ayer, aunque me llevo una enorme decepción. Ayer eran las 6 de la mañana y los primeros rayos de luz atravesaban el humo que salía de las casas y de pequeñas hogueras en el camino y creaban una estampa que hoy quería retratar. Se nos ha hecho un poco tarde y el sol ya está alto, así que vale poco la pena detener el auto. A pocos kilometros de la ciudad hay una enorme superficie dedicada a la fabricación artesanal de ladrillos. El trabajo es precario pero bien organizado.

Durante más de media hora grabo todo el proceso, empezando por los hombres que crean la pasta al lado del río; los que le dan forma con unas máquinas manuales; los que la colocan a secar en un perfecto mosaico multiforme; las mujeres que cogen los ladrillos secos y los amontonan en su cabeza en grupos de 20 y los transportan hasta el lado de la carretera, donde vendrá un camión y empezaran a cargarlo creando una cadena humana con ladrillos voladores. No falla ni uno, los ladrillos vuelan y los hombres se giran en el momento preciso para cogerlo y lanzarlo al siguiente casi sin mirar.

Llevan el tempo perfecto y cargan el camión rápidamente. Toni charla con un grupo de mujeres que están descansando y habla con las niñas, les explica que él también tiene una criatura que mañana hace 1 año. Nos sorprende las estaturas de los niños aquí ya que una pequeña de 3 años es tan pequeña o tan grande como Aina. Después de recorrer las 2 horas de camino que nos separan del parque nacional y reserva de la biosfera estamos preparados para ver al lemur, este animal que es una mezcla de ardilla y mono y del cual hay varias especies. Tras pagar el precio de la entrada y el guía obligado, unos 30 euros (tarifa casi de parque de atracciones) empezamos a caminar. Le digo a Toni que transmita al guía que solo queremos filmar lemur y que se ahorre toda la explicación del ecosistema de Madagascar, de las subvenciones que recibe el parque y la cantidad de animales que hay. Un minuto después estamos oyendo durante 10 minutos que hay 300 tipos de arañas, 4 de lemures, no se cuantos de reptiles... el guía tiene el sermón aprendido y está obligado a recitarlo. No es que sea un inculto y no me importe el parque, pero es que hay una hora de camino hasta los primeros lemur y hemos recorrido demasiado para verle, toda la información la puedo leer en una guía.

Andamos por este bosque de clima tropical húmedo. Notamos una enorme diferencia con todo lo que hemos visto. El bosque es frondoso y resbaladizo. Hay barro por todas partes y la paleta de colores se reparte entre los verdes y marrones. Después de los primeros 45 minutos andando el guía nos dice que guardemos silencio, que parece que hay un lemur en un árbol. Toni y yo nos acercamos, saco el material poco a poco e intento grabar en la dirección que señala nuestro experto biólogo. Un pedazo de pelaje marrón está a unos 100 metros de mí, subido a lo alto de un árbol tapado por cantidad de ramas. La cara de satisfacción del guía me confunde y transmito a Toni que eso no sirve de nada. No somos zoólogos ni turistas conformistas, quiero una escena de Toni con los lemures para incluirla en nuestra pequeña película. Al igual que el pequeño príncipe habla con el zorro, quiero que él charle con este animalito simpático, pero creo que una vez más mis ideas se esfuman como los sueños de Exupéry. Después de andar un buen rato más aparecen entre los matorrales dos jóvenes rubios armados con un teleobjetivo más grande que todas mis ópticas juntas y un pequeño kit de acuarelas. Intuimos que hay un lemur cerca, así que nos acercamos y miramos donde enfoca la lente del reportero. Allí, en lo alto de un árbol, en un pequeño agujero hay un lemur durmiendo. La especie que hay en este bosque es sobretodo la dormilona así que parece que hemos llegado a la hora de la siesta. El animal está hecho una pelota de espaldas a nosotros así que una vez más nos sirve de poco. Toni pregunta a los guardas si puede subir al árbol, le responden que no, pero él les dice que “gracias” y empieza a trepar hasta llegar a la altura del perezoso animal. En cuanto éste le oye se gira y abre los ojos, la cámara del fotógrafo alemán empieza a disparar como una metralleta. El dibujante coge el pincel y empieza a mezclar colores como un Dalí en sus momentos de inspiración y me doy cuenta que eso eso debe ser un gran acontecimiento en este precioso bosque tropical. Toni y yo acortamos la ruta para salir de ese negocio para turistas y planteamos bajar hacia el sur de nuevo a Ambalavao donde Toni ya ha estado y pudo ver un grupo de lemur Cata en libertad absoluta.

071001_madagascar_25_parque lemures ambalavao_011.jpg Recorremos de nuevo las dos horas de coche hasta Fianarantsoa para pasar por el hotel a buscar los pies de gato de Toni para que pueda escalar junto a los animales. Por el camino encontramos un millar de hombres hormigas que a pico y pala están cavando la zanja por donde pasará la fibra óptica. No he visto en todos estos días una sola excavadora ni taladro, todo se hace a mano a ritmo pausado. En el bullicio de los trabajadores aparece una gorra que llama mi atención y la enfoco. El icono Che Guevara está presente aquí también, cubriendo el sol del mediodía a un trabajador más que hace un agujero sin saber jamás para que servirá.

071001_madagascar_24_road to ambalavao_008.jpg En la puerta del hotel, mientras espero que Toni coja su equipo de escalada un señor con una cafetera futurista ofrece bebida caliente a mis conductores. La cafetera gigante es toda una obra de ingeniería creada a base de latas de leche condensada y totalmente funcional. Ya es tarde y estamos bajando hacia el sur, el sol se está escondiendo entre unas nubes y me da miedo llegar demasiado tarde. Volvemos a pedir al chófer que diga a Kit que ponga el Turbo y antes de empezar a rozar las cunetas un policía nos detiene. Estamos de suerte, es el poli que hace 15 días, antes de que yo llegara a la isla, hizo que Toni pasara 9 horas en un calabozo por no llevar el pasaporte encima. Le reconoce mientras mira los papeles del conductor de nuestro coche y le dice “hombre, tú por aquí, es la tercera vez que te veo”. Toni le dice que si, que vamos a ver lemures y le enseña su pasaporte. El ayudante del comisario también reconoce a Toni y se ríe. Mis cámaras están escondidas disimuladamente entre mis piernas y debajo del forro polar para evitar sustos. Parece que todo está bien con la documentación del auto y seguimos el viaje. Antes de cruzar el pueblo otro control de policía nos detiene de nuevo. Esta vez el agente nos dice que algo no va bien, pero nuestro chófer le dice que tenemos que llegar a grabar lemures antes de que se esconda el sol. Este profundo argumento convence al oficial y nos deja seguir mientras dice “a la vuelta lo arreglamos con algo de dinero”.

Llegamos al pie de la montaña cuando el sol está a punto de desaparecer. Salgo del coche con el REC en marcha y empiezo a correr hacia las rocas. El entorno es, una vez más, diferente a todo lo que hemos visto. Grandes rocas y montañas nos rodean, el color de la tierra es marrón y la vegetación mucho más seca de lo normal. Este país tiene gran variedad de ecosistemas y cada poco crees estar en un lugar diferente. Un grupo de chavales está en la puerta de su casa y me detengo un instante con ellos, parecen los guardianes de las montañas y le doy algo de dinero a una pequeña malgache. No me gusta nada repartir ariaris a la gente pero esta vez no lo puedo evitar. La pequeña ha llorado mucho al verme y debo compensarla. Como un abrazo le asustaría más y no le puedo decir gracias en ninguna lengua que nos una, un pequeño billete la convence de que no le voy a hacer nada con esos aparatos que llevo.

071001_madagascar_26_ambalavao to fianarantsoa_008.jpg Solo tenemos que andar unos metros para empezar a ver lemures por todas partes. Aquí, sin la etiqueta de “parque nacional” la naturaleza nos ofrece la escena que llevábamos buscando desde las 6 de la mañana y ya han pasado casi 12 horas. Claro que también es verdad que grabar animales es una ciencia que requiere calma y disciplina, y yo aún no he aprendido a utilizar esos dos términos. Aquí, el tipo de lemur que hay, además es mucho más bonito que el que hemos visto esta mañana, de color blanco y con la cola rallada se acerca hasta nosotros sin ningún problema para darnos la bienvenida. Toni empieza a subir a los árboles para observar de cerca sus técnicas de escalada y poder aprender algo. Así que durante casi una hora los animalitos y el escalador corretean entre rocas y plantas exhibiendo sus mutuas disciplinas deportivas. Salimos del bosque con la sensación de tener lo que buscábamos y volvemos al 4L para buscar de nuevo los últimos rayo de sol que apuntan a una roca a unos kilometros de distancia. Es la hora de la salida del colegio y un grupo de unos cincuenta chicos se acercan donde Toni esta empezando a escalar. Para ellos es algo extraño ya que armado solo con unos zapatos y pantalón, el hombre blanco trepa por una pared sin un solo agujero.

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071001_madagascar_26_ambalavao to fianarantsoa_031.jpgAprovecho la ocasión para fotografiarles y hacerme una foto con ellos antes de que caiga el sol y arrancamos hacia Fianarantsoa antes de que sea demasiado tarde. En el camino nos saltamos el control de policía que esperaba algo de dinero con un saludo desde la ventanilla, pero el segundo control nos detiene de nuevo. Pregunto al copiloto si todo va bien y me dice que sí, que el policía es amigo y su hermano solo ha bajado a charlar con él. Como tengo el culo tieso y las rodillas a punto de reventar de mantener la misma postura durante tantas horas aprovecho para bajar y estirarme un poco mientras veo por la puerta de la caseta de la gendarmerie entreabierta como el chófer recoge sus papeles de conducir y entrega un fajo de billetes a su agente amigo. Entra en el coche y nos dice que ya podemos seguir. Eso es “amistad” en Madagascar. Llegamos de nuevo al hotel y nos preparamos para dormir, ya nos hemos acostumbrado al horario de aquí y las 8 de la tarde es buena hora para plantearse cerrar los ojos y esperar a que el sol te despierte de nuevo. Mañana viajamos hacia el norte, ya en dirección a la capital donde nos quedan los pocos recursos para encontrar al “Principito”, aunque cada vez voy teniendo más la sensación de que ya lo hemos encontrado.. pero ya os lo contaré.

Madagascar #08 (hoy me siento Willy Fog)

Hoy el día ha empezado ayer y mañana aún será hoy. No, no me ha picado un mosquito extraño, mi cabeza está así ahora mismo.

El sábado empieza a las 5 de la mañana. El despertador suena en el teléfono móvil. Hace unos días que está parado y no sé si volverá a funcionar cuando llegue a Girona, creo que se ha acostumbrado a reposar sin vibraciones absurdas. Lo tenemos todo preparado, analizado, medido. El plan no es fácil y nada puede fallar. Leire coge el avión el día 30 por la noche en la capital y hasta allí hay muchos kilometros de arena, dunas, tierra y carreteras sin asfaltar y varios medios de transporte que pillar. Toni y yo nos quedaremos un poco antes para coger uno de los dos trenes que hay en todo el país y rodar algunos planos viajando hacia Manakara, otra de las pistas que tenemos del libro. Los dueños del lodge de Andavadaoka se han portado perfectamente y se levantan con nosotros para ofrecernos un desayuno ya repetitivo de omelette, café y tostadas.

070929_madagascar_17_dunas_066.jpgNuestro chófer está cargando el 4x4 y ya ha arrancado el motor para que se vaya calentando y no se lleve el susto de golpe. La razón del madrugón, además de llegar a tiempo, es para evitar que las dunas se calienten con el sol y estén demasiado blandas. Salimos puntuales, antes de que toquen las 6. Cruzamos el pueblo nada más salir de nuestra playa paradisíaca y la gente está empezando a despertar. Vemos algunos carros transportar las primeras mercancías y algunos niños ya nos dan los buenos días con la sonrisa en la boca. A esta hora, mientras estos chavales corretean por la calle y juegan con un trozo de madera, en Catalunya se están preparando para emitir Pokemons y demás delicias educadoras.070929_madagascar_19_tulear taxibus_007.jpg

La velocidad de hoy nada tiene que ver con la de hace dos días. Devoramos las dunas al pasar y vamos dejando atrás una gran cortina de polvo, tenemos prisa. A las 9 llegamos al hotel donde el otro día nos dieron de comer y pedimos un segundo desayuno. Esta vez me sorprenden con unas tortas locales hechas de una masa parecida a la base de pizza y un buen café. El coche esquiva algunas charcas enormes que hace dos días no estaban y hacen que no reconozca el camino. Voy arriba en el techo con la música a toda pastilla y voy dejando que el aparato seleccione las pistas por mí para hacer este viaje más perfecto si cabe, así que después de Cowboys in Scandinavia suena Dominique A y luego Laura Veirs.

070929_madagascar_17_dunas_065.jpg Nos acercamos al pueblo de la duna gigante donde nos quedamos atrapados el otro día y exijo parar a toda costa, aunque no lleguemos a nuestro destino, aunque perdamos el avión, aunque no lleguemos al tren, ahora nada me importa más que una imagen. Toni está subiendo hacia la duna y por lo que tarda, me doy cuenta de sus dimensiones reales. Es una montaña enorme de arena que oculta lo que hay al otro lado. Subo al Jeep para hacer un plano general con el trípode en el techo. Doy órdenes a Toni de cómo tiene que andar para tener una buena imagen pero no me oye, así que decido subir arriba para hacer unos planos cortos y alguna fotografía. Trepar por la duna sin que el material se me llene de arena no es nada fácil, pero cuando llego arriba me doy cuenta de que aquella duna ocultaba una de las escenas más bonitas que creo haber visto, me atrevería a decir, en mi vida.

070929_madagascar_17_dunas_016.jpg Sumado a la belleza del entorno, un pueblo pescador, que se puede resumir en blanco y azul y de cuya descripción no voy a entrar en detalles pues me sentiría redundante en palabras, hay también una escena que no veo hace años. A las barcas pescadoras de los mayores que luchan cada día por traer peces y mariscos a casa para comer y sin ninguna intención comercial, los chavales crean réplicas de las embarcaciones adultas y hacen carreras por el mar. Quizás, sin saberlo, se están sorteando ser el jefe de la aldea en un futuro. Así, en ese mar transparente y puro, los niños juegan a ser mayores, admirando lo que sus padres hacen desde tiempos remotos. Parece imposible.

070929_madagascar_17_dunas_031.jpg Toni juega con los chavales en el agua mientras yo limpio rápidamente las cámaras de la tierra que han infectado todo el material y me pongo a grabar. Los chicos le enseñan sus barcas mientras los mayores miran de lejos. Hoy en día, tal como están las cosas en nuestra casa, creo que es difícil ser un desconocido y acercarse a un menor en un parque sin que el padre te venga a controlar. Pero allí, saben que no queremos llevarnos a ningún pequeño, solo queremos una sonrisa, un intercambio de miradas cómplices y sentirnos lo menos vazahs que podamos. Salimos de ahí y con la emoción aún en las venas veo un grupo de señoras limpiando sus ropas en un pequeño charco. Mientras, en la parte de arriba del 4x4 suena una canción de Refree. El genio dice: “ya no hay pena, y las mujeres al pasar se me enredan en mi segunda mitad. Es tan moderna esta ciudad, que hay que celebrarlo todo. ya no hay pena...” una lágrima humedece mis mejillas secas de polvo. No soy capaz de asimilar tanta belleza en un lugar tan pobre. Esta mezcla explosiva de emociones está pudiendo conmigo y parece que Raúl escribió esta letra justo para que la escuchara ahora, en este preciso momento, lejos de casa. Así que le doy las gracias sin que él lo sepa y prosigo mi viaje en un caballo al trote mientras ahora suena Erm que dice “tu i jo, sobre un caball alat fugirem d’aquí.” en “Goig”. Parece que los ingenieros de Apple se han puesto todos de acuerdo en crear una aleatoriedad musical ideal para soñar en África. Varias horas después de haber salido de nuestra pequeña playa en Andavadoaka llegamos a al punto donde hace unos días nos dejó tirado el 4L y nos damos cuenta que ya estamos llegando a Tulear. Al llegar, debemos buscar rápidamente un taxibus privado que nos lleve a Fianarantsoa. Esto, para que nos situemos, sería como haber salido de Tarifa para ir a Almería recorriendo dunas y desde ahí ir hasta Pontevedra pasando por Despeñaperros y por carreteras locales. En Tulear encontramos varias ofertantes a llevarnos, así que quedamos con uno a las 20.30 para poder descansar las piernas y los culos un rato y darnos una ducha rápida en casa de nuestro amable chófer, que nos invita a descansar en su hogar lleno de sirvientes y una preciosa mujer malgache.
070929_madagascar_19_tulear taxibus_007.jpg Cenamos en “La terraza”, donde ya nos conocen y todo es tranquilo. Pido una pizza para mi caprichoso estómago cansado de pescado y arroz y antes de acabar llega el taxista con algunos ayudantes dispuestos a cargar su vieja furgoneta. A cada uno nos toca una fila de asientos, los trastos van detrás. Preparamos las que serán nuestras camas de hoy porque nos quedan unas 9 horas de viaje por la carretera más peligrosa del país. Es fin de semana y no hay un solo coche circulando, vamos en solitario por una de las principales vías de Madagascar que no está en mejor estado que la carretera local que va a Siurana a Prades aunque por primera vez vemos algunas rectas de más de 500 metros. La furgoneta ha salido enérgica y vamos apurando todas las curvas de manera que a mi primer intento de estirarme para dormir me doy cuenta que tendré que poner remedios musicales y químicos. Apuro una de mis últimas pastillitas Valium y me pongo unos nocturnos de Chopin para intentar conciliar en sueño. Antes de cerrar los ojos, la furgoneta para y una linterna está iluminando mi cara. Dos señores policías con cara muy simpática hacen bajar al conductor del auto y nos piden los pasaportes. No hemos recorrido ni 50km y ya nos vemos apurados, Leire que no tiene el pasaporte, porque lo olvidó en un hotel, va a tener que dar alguna explicación. Charlamos con ellos un rato y le contamos más o menos la verdad, y que el avión de nuestra acompañante sale mañana de Tana y que debe llegar. Con una media sonrisa y un fajo de billetes calentitos en la mano el agente nos despide diciendo buen viaje. El trayecto es duro, extraño, lleno de incertidumbres. Yo, que reconozco que soy un poco miedoso ante algunas situaciones no puedo dormir hasta que pasemos la zona de minas de zafiro, donde las mafias y los ataques son frecuentes. Le preguntamos a nuestro chófer que como ve el asunto y dice que cada semana como mínimo hay algún muerto y atracos constantes. Por suerte o no, la policía está por todas partes. Nos han contado que los agentes alquilan sus armas a los violentos. Mientras nos detienen en el siguiente control, puedo ver muy cerca nuestro como un grupo de hombres está quemando casas. Quisiera filmar pero el agente no hace cara de gustarle las cámaras, así que me quedo con la cara de miedo y seguimos el viaje. Me explican que en Madagascar un hombre no puede casarse con su mujer si no ha robado algún zebú o pasado por la cárcel, así que quizás alguno estaba quemando casas para pasar alguna noche en el cuartelillo y poder contraer matrimonio con su querida. Consigo dormir un rato seguido, pero las curvas y los frenazos me van despertando a partir de las 3 de la madrugada. Me doy cuenta de que Leire y Toni están igual que yo y eso me consuela. Al final, llegamos a Fianarantsoa más pronto de lo previsto. Son las 5.30 de la mañana. Vamos a la parada de Taxibus y negociamos con varios agentes expertos nuestro vehículo para ir a buscar el tren mientras Leire se pelea para llegar a la capital a tiempo para su avión.
El problema de Toni y mío es uno de esos ejercicios de física que me costaba tanto resolver en el instituto y me hizo cambiar de ciencias a letras en cuanto pude. Nosotros estamos en el punto A (Fianarantsoa) y queremos hacer algún trayecto en el tren que va al punto D (Manakara) en la costa contraria a la que hemos dejado. El tren, que tarda 9 horas en recorrer este trayecto, va haciendo el recorrido sin un horario fijo. Hay solo una vía y un tren, así que va yendo y viniendo a paso lento subiendo y bajando pasajeros. Nuestro gran problema es que son las 6 de la mañana y el tren acaba de salir de Manakara y hasta la noche no vuelve a llegar donde nosotros estamos. Perderíamos un día entero esperándolo, más un día entero bajando hasta Manakara... demasiado tiempo. Con el mapa en las manos y 5 tipos discutiendo con nosotros empezamos a lanzar hipótesis. Qué pasa si pillamos un taxi privado (un Renault 4L, vaya) que nos lleve a toda velocidad (60km/h de media) a la mitad del trayecto, punto B y allí montemos hasta llegar otra vez a Fianaranstsoa. Realmente solo queremos grabar unos planos de este legendario tren así que con un pequeño recorrido de un par de horas nos sobra. Ya hemos descartado encontrar el libro allí y no vale la pena perder dos jornadas para ello. Los jefes de taxi nos enredan de mala manera y no entienden mucho nuestras intenciones y les parecen absurdas. Les resumimos nuestro plan: “mira, no queremos ir a ningún sitio, solo queremos ir en el tren, nos da igual de A a D que de D a A. Hemos hecho 9 horas en 4x4 por las dunas y 9 más en furgoneta solo para esto”. En 5 minutos tenemos el mejor bólido que nos podían ofrecer para nuestra alocada hazaña. El Renault 4L pilotado por dos jóvenes con pinta de no tener el carnet aparece derrapando a nuestro lado y cargamos las maletas. El precio no es barato, pero ya nos da igual todo. El coche sale a la mayor velocidad que he alcanzado en este país y el piloto llena el depósito. Es la primera vez que veo a un conductor poner más de 2 litros seguidos de fuel en su auto y eso me hace ver que por un lado han hecho un buen business con nuestro dinero por adelantado y segundo, que el viaje será largo.
La carretera es horrible, llena de curvas. Toni y yo intentamos dormir y recuperar el sueño perdido en la furgoneta y los múltiples controles policiales pero es imposible. Jamás he montado en un coche pilotado de forma tan alocada. Al principio nos reímos como dos chavales montados en un tiovivo pero dos horas después, cuando solo habíamos recorrido una cuarta parte del trayecto nos empezamos a dar cuenta que las cosas no van bien. Estamos mareados de verdad y nos acabamos de cruzar con un accidente que me ha hecho replantearme las cosas. Una ranchera cargada de niños, mujeres y cargamento está tirada en la cuneta, vamos tan rápido que ni paramos y parece que a nuestro conductor no se le pasa por la cabeza la idea de socorrer a nadie. Yo le digo a Toni que creo que algo no va bien, que nos estamos jugando el pellejo y que de verdad tengo miedo. El suelo está mojado porque aún no ha salido el sol entre las montañas que nos rodean y podemos caer a un precipicio en cualquier momento. Abajo, un enorme río que lo devora todo está deseoso de estamparnos contra sus rocas. Toni les pregunta si vamos bien y ellos responden que sí, que llegaremos pronto a Manakara. Se me pone la cara blanca y le digo a Toni que haga parar el coche ahora mismo. No queremos ir a Manakara! Le preguntamos al joven Fernando Alonso si sabe donde vamos y no tiene ni idea de nada de un tren. El jefe solo le ha dicho que nos subiera y apretara gas. Su copiloto, parece un poco más listo y le explicamos de nuevo la situación. Analizamos en el mapa y les preguntamos cual es la mejor opción. Después de ver que no saben leer un mapa y nos dicen que Cáceres está en Alicante y Vigo en Cádiz decimos que paremos 5 minutos a ver qué hacemos. Toni y yo nos damos cuenta que es imposible llegar a nuestro punto B intermedio ya que faltan aún más de 100 kilometros y ya son las 8.30 así que habría que ir a una velocidad media de 200km/h, cercana a la que vamos en el frágil 4L, pero nos negamos. Descubrimos que hay un nuevo punto C, que ya hemos pasado hace rato y al cual podríamos llegar antes de las 11. Así, a mi problema de física básica se añade un elemento más, C. Nos damos cuenta que podríamos haber ido ahí antes y no haber bajado hasta B, pero los jefes taxistas nos han liado de mala manera, eso está claro. Paramos a desayunar en un pueblecito donde el hombre blanco no debe pasar a menudo, ahora no estamos en el circuito turístico habitual y los chicos nos miran y se ríen en nuestras caras. El aspecto casi albino de Toni y mi barba, poco habitual en su cultura les extraña y nos miran. Si tuvieran cámaras de fotos, ahora serían ellos los que se retratarían con nosotros. Pero les basta con mirarnos sin disimulo. Desayunamos en un pequeño puesto mientras repasamos el plan. Hemos gastado una gran cantidad de dinero y tiempo en llegar hasta el tren y no se nos puede escapar de las manos así que vamos a por todas. Salimos de la carretera para pillar los 54 kilometros de pista que llevan hasta el fondo del valle por donde pasa el tren. Por allí no circulan autos normalmente ya que es una zona húmeda donde el ferrocarril es el mediode transporte. Hay barro, mucho barro y parece que nuestro Cuatro Latas no podrá superarlo. Vamos sorteando todos los obstáculos milagrosamente mientras Toni y yo nos miramos con una cara de “no salimos de aquí” por un lado y “el coche se va a romper en dos” por otro. El coche no es del chofer así que el maltrato al que le está sometiendo es enorme. No evita los agujeros, derrapa en las curvas y va rascando con todas las ramas habidas y por haber. Toni y yo vamos cronomentrando nuestro circuito y calculando cada minuto el tiempo que falta por llegar. Por suerte, nos consuela que el tren nunca es puntual, así que con suerte aún no habrá llegado a su destino, el punto C. Los poblados que vamos dejando atrás son pequeños y sumamente pobres. Los niños ya no visten con ropa, son trapos del color de su piel y su aspecto es mucho más oscuro que en las ciudades. Su color es absolutamente negro y su mirada menos simpática que las que hemos ido viendo hasta ahora. Nos saltamos todas las señales de “50” que no existen y las de “Niños. Peligro” y cruzamos los pueblos a toda velocidad esquivando gallinas, pollos y pavos. El barranco cada vez es más empinado y fangoso y el coche sigue descendiendo a velocidad de vértigo. Solo tengo dos deseos: no estrellarnos y no quedarnos tirados, porque salir de aquí nos costaría demasiadas horas. Nos hemos metido de lleno en un mercadillo en un pueblecito bastante grande y nuestro loco conductor va tocando la bocina para apartar a la gente sin soltar el acelerador. Cuando la masa de gente ya es tan densa que creo que no vamos a pasar se detiene frente a un hangar. Eso es la estación. Toni baja rápidamente para preguntar cuando llega el tren y el señor de la taquilla le dice que llega en breves minutos. Recuerdo un capítulo de Willy Fog en que corrían por un desierto encima de un carruaje para tomar el Orient Express y al final, después de pasar las mil y unas llegaban justo a tiempo. Hoy me siento un poco Willy Fog.
La estación es un mundo a parte, no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora. Los blancos y azules puros de la costa ahora se han convertido en una paleta de colores tierra. Hay todo un universo creado a partir del negocio del tren. Éste que sale desde la costa en Manakara va por valles intransitables hasta llegar a Fianarantsoa, una de las grandes ciudades del país. Gente pobre se suma a gente más pobre con gallinas, pollos y plátanos. En cuanto suena la bocina del ferrocarril empujado por una máquina de vapor que va dejando una estela de humo por su camino, toda la gente empieza a correr como loca. Yo, que he perdido a Toni hace unos minutos, me quedo donde estoy haciendo la mayor cantidad de planos posibles, alternando histéricamente la cámara de fotos con las de vídeo. En cuanto el tren se detiene empieza a subir y bajar gente, empiezan a llegar mesas, sillas, bandejas de comida y se monta un mercado de emergencia en el andén. La gente que ha salido a las 6 o 7 de la mañana de la costa no ha comido y esta es una de las paradas importantes del trayecto, así que decenas de personas ofrecen alimentos a precios de risa a través de la ventanilla. Los escrúpulos hay que dejarlos atrás porque los platos de arroz y las cucharas van pasando de unos a otros que devoran la comida. Yo me conformo con un par de empanadillas. En nuestro vagón hay de todo, mujeres con niños y cantidad de sacos; señores de clase media; algún que otro vazah que se lo ha montado mejor que nosotros para coger el tren; y comerciantes que llevan gallinas y otros animales para venderlos en algún otro destino.

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El viaje es agradable, atravesando este valle húmedo y verde en el que la gente cultiva arroz. La velocidad del tren no supera los 40 km/h y es que la vía está en muy mal estado y puede descarrilar en cualquier momento. Nos dicen que es habitual, pero sabemos que eso no va a pasar con nosotros montados porque tenemos una estrella que nos protege hace días. Nos quedan unas cuantas horas de viaje, así que me relajo un poco e intento dormir un rato sabiendo que tendré tiempo de grabar en el interior de este nuevo medio de transporte. Toni descansa hace rato con la boca abierta y yo me dispongo a hacer lo mismo abrazado a mi cámara de vídeo que ya no cabe en ninguna bolsa. No me separo ni un solo instante de la maleta con el ordenador y las cintas ya grabadas. Ahora son mi mayor tesoro, como mínimo hasta que encuentre, si encontramos, el libro que nos ha traído hasta aquí. El tren va dejando poblados atrás y poco a poco me voy dando cuenta de que a medida que nos sumergimos en este enorme valle, cada vez son más y más pobres y poco apoco la gente ya no ofrece cosas a los viajeros. Los mercados que hemos ido dejando atrás y que se improvisaban en las estaciones ahora ya no están. Poco a poco la gente pasa de ofrecer comida a precios ridículos a pedir restos de nuestros alimentos que no hemos podido digerir. Me sorprende y me parece una película. Ese tren que se desplaza poco a poco parece mostrarnos como pasar de un mundo a otro a través de un viejo rail. 070930_madagascar_21_tren_063.jpg Me muevo por el tren para hacer algunas fotos y veo una escena de esas que te hacen pensar, de las que te hacen dudar de dónde están los valores, de cómo ayudar, de qué está bien y qué está mal. No sé tan solo si lo que veo está bien o mal, si me tengo que enfadar o pasar de largo. Un matrimonio italiano que podrían ser mis padres están lanzando cacahuetes y plátanos a un grupo de 5 chicos de menos de 6 años que se pelean por cogerlos entre las vías y ruedas de nuestro tren que está a punto de partir. Me da la sensación de estar en un zoo humano en que la gente tira comida a los chicos. Quizás mi mente cansada de estos días está exagerando o puede que realmente lo que estoy viendo no esté bien. Mientras dudo, un malgache de mi edad ruega desde la vía del tren que no tiren más comida a los chavales. Salgo de ese vagón para volver al mío y negar lo que he visto y presiento que ya estamos llegando. La estación central de Fianarantsoa es grande, aunque solo recibe a este tren, el único tren. Mientras la gente baja, Toni se escapa corriendo a preguntar al maquinista si le podemos entrevistar. En el libro del Principito hay una escena en que el pequeño habla con un señor de los que cambian las vías del tren y le pregunta porqué los hombres van arriba y abajo. Me parece interesante la metáfora y nos disponemos a hablar con el maquinista de este tren transportador de pobreza. Entrevistar a esta gente no es fácil, cada vez que lo intentamos nos damos cuenta que es imposible sacarles el jugo que quiero para el documental. No es por falta de cultura ni retórica, es, creo la falta de conocimiento del medio audiovisual, de manera que aunque les cuentes que estás haciendo una película más bien filosófica (o eso se intenta) ellos lo confunden todo con un souvenir turístico en formato digital. Al llegar a Fiana de nuevo, buscamos un hotel donde pasar la tarde y noche y descansar después de estos movidos últimos días. Dejo por primera vez las cámaras y aparatitos occidentales y nos vamos a pasear por la ciudad en busca de un restaurante un domingo a las 4 de la tarde. No es fácil, pero al final encontramos un hotel asiático que ofrece de todo a cualquier hora. Igual que en Barcelona o cualquier ciudad del mundo, los chinos son los reyes. Su hotel , restaurante, sala de juego, videoclub, tienda y sala de masajes todo en uno está más o menos limpio y amplio. Nuestras mentes se relajan durante la hora larga que estamos matando el hambre. Hoy el día acaba antes de o normal y vamos muy pronto al hotel, y por primera vez en habitaciones separadas, Toni y yo descansamos cada uno a su manera. Yo, descargando fotos y capturando cintas para tener todo el material clasificado y duplicado. Me aterra pensar que puedo extraviar algo. El sueño me está entrando por minutos y no deben ser ni las 7 de la tarde pero que importa, aquí no tenemos reloj y mi única guía temporal es el pequeño reloj que aparece cada vez que disparo una fotografía. Así que disparo una al techo de la habitación para comprobar que es pronto para dormir, pero necesario. Repaso en mi mente todo el recorrido que llevamos hecho por el libro y las pistas que tenemos. Nos quedan pocos días para encontrarlo y todo es demasiado efímero, siempre hay alguien que lo ha visto o lo ha tenido, pero nadie que sepa donde está. Difícil aventura en la que me he metido!