Álvaro Sanz

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Madagascar #07 (si el paraíso existe es aquí)

El mar ha venido a buscarme para susurrarme al oído que es hora de levantar. Apenas son las 5 de la mañana y la marea ha subido hasta cerca de nuestra cabaña. Entre sueños confundo el agradable suspiro del mar con una tormenta tropical así que despierto rápidamente. Al mirar por la puerta y descubrir que el gran azul se ha acercado hasta nosotros pongo los pies en el suelo para conversar con él y poderle capturar.

[pe2-gallery ]No me acostumbro a estas subidas y bajadas del mar pero reconozco que te permite sentir que estas en varios lugares a la vez. Donde ayer paseabas entre rocas, ahora te puedes dar un baño matutino para despertar y darte cuenta que no estás soñando.

070928_madagascar_13_andavadaoka morning_010.jpg El mar empieza a teñirse de varios colores a medida que sale el sol, y las primeras barcas de pesca izan sus velas hechas a base de restos de tela de saco. Quien llega primero, tiene el mejor pescado. Abandono el lodge para acercarme al pueblo de Andavadaoka y ver cómo es esta gente. En Madagascar, seguramente igual que en cualquier país, según la zona en la que estés la gente es de un tipo o de otro. Aquí, por suerte, y por las primeras impresiones que percibo en la playa camino de la aldea, la gente no vive del turismo a pesar de ser uno de los destinos conocidos de la isla. Con las dificultades que hay con las carreteras hay que pensárselo muy bien antes de desplazarse hasta aquí.

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Un niño da un paseo por la orilla con su equipo de pesca, me mira de reojo, me sonríe y le enseño la cámara. Le oriento hacia la buena luz solo con un gesto y parece entenderme, como si se tratara de un modelo totalmente preparado para la sesión. Cuando nota que voy a disparar vuelve a abrir los labios para que pueda entrever sus dientes blancos como la arena que pisan sus negros pies. Sigo pensando que las mejores fotos son las que no piden nada a cambio, las que con un solo juego de miradas y un entendimiento mutuo surgen de la nada o como mucho, de un paseo por la playa.
Mi mañana discurre en este pueblo en el que todo el mundo se acerca a mi y me pide una foto. No hay mayor disfrute para un pequeño malgache que le enseñes una foto suya, y el segundo mayor disfrute es que le enseñes la que le has hecho a su amigo. Quedarán riendo hasta que tu te vayas y haciendo burlas el uno al otro.
070928_madagascar_15_andavadaoka tarde_148.jpgMe quedo sin saber lo que dicen, pero entiendo que solo es un juego de niños al notar que me llevo un pedazo de sus vidas en mi maquinita vazah. Son las 8 de la mañana y vuelvo hacia el lodge para probar el desayuno de esta nuestra nueva casa. No es diferente al del resto de días, café, omelette, tostadas de pan de ayer o antes de ayer... y mientras desayuno, noto como el mar empieza a retroceder para que los niños y chicos del pueblo puedan pisar su arena húmeda en busca de restos animales que llevarse a la boca.
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Philip, nuestro chófer, nos habla de un bosque de baobabs cercano. Decidimos acercarnos a aprovechar lo poco que queda de poca luz y preguntarle a alguno de estos árboles si ha visto pasar al principito. En solo 10 minutos de Jeep tenemos gran cantidad de milenarios árboles frente a nosotros y empezamos a preparar la sesión.
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Mi toalla se quedó hace un par de días en Tulear, tomando el sol en la ventana de la habitación de un hotel, así que me estiro directamente en la arena mientras oigo las olas del mar romper con la barrera de coral a varios cientos de metros. Desde donde estoy yo hasta la barrera, el mar es transparente, como si no existiera, y después de la barrera es azul.
070928_madagascar_13_andavadaoka morning_014.jpgLos niños empiezan ya a ocupar toda la playa, cada uno de ellos cargado con una herramienta diferente. Los hay que llevan un solo palo, otros un cubo, algunos un trozo de hilo y otros nada. Me acerco a ellos para ver qué es lo que hacen y descubro una estrella de mar roja y preciosa intentando sobrevivir en lo poco de agua que le queda a su alrededor y uno de los chicos me trae algunas más y me las coloca para que haga una foto. El joven atrezzista me ha fastidiado mi escena natural para crear una de esas portadas de catálogo turístico, pero aún así disparo. Al ver la foto en la pantalla me doy cuenta de la transparencia del agua, parece que no hay, pero realmente había más de un palmo. Cerca mío hay un señor arreglando el barco y le pido si me deja acercarme a ver lo que hace. La imagen es simpática, el señor arreglando con un instrumento prehistórico que alguna vez he visto en el garaje de mi padre, su barca de pesca y en su camiseta leo las letras casi arrancadas en las que pone: “Titanic, Leonardo di Caprio”. Seguramente algún turista se la haya regalado y el señor no sepa qué es lo que lleva puesto. Es como regalarle a un trapecista indonesio una camiseta de “Aterriza como puedas”. 070928_madagascar_15_andavadaoka tarde_058.jpg Al fondo veo a Toni hablando con un joven pescador con palo pero no me acerco, durante un rato les veo peleando con el mar. Más tarde me entero que la cena que saboreo, en parte surgió de allí. Toni vio un pulpo esconderse bajo la arena y le pide al chico si es capaz de sacarlo. Él, que no acepta retos, coge su palo y empieza a cavar debajo de la arena durante varios minutos. El pulpo ha cavado un pasadizo bajo el mar y no es fácil dar con él. Al final con la astucia del chaval, Toni vuelve al Lodge con la presa entre las manos. Al pulpo, se ha sumado unos cuantos kilos de ostras, que esta noche pediremos que nos preparen los cocineros.
070928_madagascar_15_andavadaoka tarde_045.jpgYa empieza a caer la tarde y decido volver a la habitación. Una madre con su hijo pasean en busca de erizos para comer su interior. La mujer canta una canción tradicional y le pido que la cante para poder registrar el sonido y utilizarlo de fondo en alguna parte del documental que me ha traído hasta aquí. La llevo cerca de la habitación para evitar el jaleo de los niños, pero no se atreve a entrar, así que fuera, en la puerta de mi bungalow canta para mi mientras el sol casi se esconde y el mar se preparar para volver a subir... hasta mañana.
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Madagascar #06 (costa del Mar de Mozambique)

Con una puntualidad europea, el chófer del 4x4 que contratamos ayer en Tulear aparece en Ifaty. Nos despedimos del pueblo donde hemos podido descansar un poco y nos dirigimos hacia Andavadaoka, un pequeño poblado pescador que está a 200 km hacia el norte por la costa.

La carretera acaba en Ifaty, así que para la pequeña distancia que nos queda por delante, el chófer nos advierte que quedan unas 8 horas si todo va bien. Pronto nos damos cuenta porqué hemos invertido algo de dinero en el 4x4. Cruzamos Manguily, y aparece un baobab en la carretera. A pesar de no ser más de las 8 de la mañana Toni está motivado en escalarlo aunque solo sea por la estética que nos ofrece. Estamos solos en medio de una carretera llena de arena y aparece un anciano envuelto en una manta mientras Toni se está preparando para trepar.
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070927_madagascar_11_road to andavadaoka_019.jpgSeguimos el camino empezando a ver de nuevo el mar a nuestro lado, yo pido al chófer que pare cada 5 minutos para grabar el azul del mar y mis compañeros de viaje me dicen que afloje el ritmo que si no, no llegamos.

Así que decido subir a la parte de arriba del vehículo y buscar una buena posición. A medida que pasan los kilometros voy encontrando mejor postura, hasta llegar a estirarme. La carretera cada vez está peor, alterna piedras con dunas y la velocidad es muy lenta.
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El calor aprieta cada vez más y la arena se está poniendo blanda así que el coche da la sensación de estar flotando. Pido parar una vez como mínimo en un pueblecito para hacer unas buenas tomas para el documental. Allí, de forma improvisada se nos ocurre dejar leer a un grupo de chavales un fragmento del libro que tenemos en un papel y preguntarles si lo conocen. Nos dicen que no han visto nunca un pequeño príncipe pero parece que les ha caído bien. Alrededor del grupo que ha formado Toni y su libro mágico hay todo un universo. Una mamá cerdo y su cerdito corretean por la arena de playa comiendo los restos que han dejado sus dueños; unos chicos juegan en la playa y se acercan corriendo a verme; dos chicas jóvenes quieren posar para mí y cuando ven la cámara sienten la suficiente vergüenza como para lanzar una de las mejores sonrisas que he visto estos días. Sus caras pintadas de naranja son una mezcla de juego estético y protección solar.
Vamos haciendo paradas técnicas para que el coche descanse y siempre que podemos aprovechamos para subir a los árboles y hacer fotos. Ya tenemos todo un vocabulario para describir las texturas de los baobabs. Toni y Leire encuentran similitudes tan grandes entre la roca y este ser vivo que hablan de fisuras, grietas, techos, desplomes, presas invertidas, chorreras... para referirse a las formas de la corteza.
Realmente las posibilidades que ofrece el árbol es increíble. La parte inferior de su tronco suele estar bastante dañado. Su capacidad para almacenar agua para las épocas de sequía es extraordinaria. He leído que algunos baobabs llegan a almacenas 120.000 litros de agua y cuando no queda agua para los animales los pastores los llevan a comerse su corteza hasta encontrar su agua. Además, su fruto está cotizado por los malgaches por todas sus posibilidades así que les clavan unos palos para convertirlos en escalera y subir a lo más alto con una técnica muy diferente a la que hemos desarrollado estos días. Seguimos el camino y Philipe, el chófer, nos avisa de que a lo lejos hay una duna gigante, tan grande como una montaña. Me vienen a la cabeza mil posibilidades para utilizarla en el documental, pero no me dejan parar. Tenemos que llegar antes de que caiga el sol a Andavadaoka. No se puede circular por las dunas de noche y sería peligroso por los ataques que hay.
070927_madagascar_11_road to andavadaoka_296.jpg Los dioses se han puesto de mi parte y mientras me decían que no nos íbamos a detener, el coche empieza a hacer eses por una duna sin restos de ninguna huella. Hemos perdido el camino y nos quedamos enterrados. Pasamos un rato haciendo maniobras y cavando con las palas con la intención de salir de ahí de la manera menos dramática. Siempre queda el recurso de esperar algún camión o alquilar unos cuantos zebús para estirar, pero este país tiene una virtud, y es que aunque creas que estás en el lugar más remoto y perdido del mundo, por todas partes aparece gente cuando la necesitas, así que en breve aparece un grupo de pescadores dispuestos a coger la pala y poner unas ramas en nuestras ruedas. Cada vez llega más gente, niños, mujeres... y entre todos conseguimos sacara el coche de ahí. Ahora, dos jóvenes nos llevan entre el bosque hasta encontrar el camino que habíamos perdido. Me giro para dar las gracias al pueblo y me encuentro con una de las postales más emocionantes que he visto estos días. Un pueblo entero diciendo adiós a unos vazah que durante un rato han estado desesperados. Disparo una sola foto, pero todo está en armonía. Es la foto.
[pe2-gallery class="alignleft" ] 070927_madagascar_11_road to andavadaoka_193.jpg 070927_madagascar_11_road to andavadaoka_211.jpg [/pe2-gallery] Acercamos a una zona un poco habitada y vemos que están construyendo una especie de Camping. Philip nos explica que van a hacer un campeonato de barcos de vela populares dentro de unos días y ese es un lugar oficial de descanso para regatistas locales. En el bar hay un 4x4 aparcado. El primero que vemos en 5 horas de camino en este sitio, para mi, el más perdido del planeta donde he estado. Entramos y 3 hombres blancos nos saludan como a unos desconocidos hasta que ven a Toni dos veces y le preguntan en francés: “¿Tú eres Toni Arbonès?”. Yo me quedo un poco de piedra pues me parece un poco cómico, pero a veces el azar y los juegos de probabilidad son así. Le han visto en algunos de los vídeos que ha hecho sobre montaña y le recuerdan perfectamente. Antes de que nos sirvan la comida que hemos pedido nuestro chófer se da cuenta que también tiene una conexión con Toni. Su hija y yerno le conocen desde hace más de 20 años, incluso Toni ha sido compañero de cordada. Así que ahí estamos 8 europeos en un pueblecito de Madagascar y tenemos muchos lazos en común, así que la comida a base de calamar y arroz queda en familia.
Poco a poco y 10 horas después de haber salido llegamos al pueblo de Andavadaoka. La gente es simpática, hace días que no ven a ningún vazah y nuestra llegada es un acontecimiento. El lugar aparentemente es turístico, pero solo hay dos chicas americanas en la zona. Esa playa es paradisíaca y las cabañas donde nos vamos a alojartienen cantidad de colores. Hemos llegado justo a la puesta del sol y la escena de bienvenida nos anuncia que mañana será un día de descanso perfecto.
Las dos chicas americanas parecen simpáticas y vienen a hablar con nosotros. Nos explican su misión. Son de un grupo de voluntarios que tiene que llegar esta noche y que van a estar 6 semanas investigando como ayudar a este poblado a arreglar sus problemas con las aguas residuales. Ahora mismo la tradición es hacer las necesidades básicas en la playa, así que la blancura de su arena a veces se ve contaminada por restos humanos. Por suerte, la marea sube y baja hasta más de 1000 metros y hace una limpieza diaria. La cena a base de “fish” se ve retrasada por un pequeño problema. El grupo de 20 chicas americanas e inglesas que falta por llegar ha tenido un incidente con el camión a 20 kilometros de su destino y un monitor aparecido de la nada pide ayuda a Philip. El fantástico plan es que nuestro chófer vaya a buscar a los voluntarios investigadores y los vaya trayendo. Mientras se discute el tema yo empiezo a hacer cálculos y me doy cuenta que esos 20 kilometros suponen 1 hora de viaje o más ya que ahora está oscuro. Eso multiplicado por el número de viajes mas los trastos que traen para 6 semanas hace que la cosa se complique. Así que en Madagascar, en un sitio precioso aparece el Álvaro más egoísta del mundo y le dice a nuestro chófer que no vaya a buscar a nadie. Enumero las razones para que tampoco me juzgue nadie: - es peligros circular por la noche por una carretera de dunas. - el pobre señor francés lleva 10 horas conduciendo y el coche ha sufrido un poco. - qué mejor comienzo para las chicas en su aventura en Madagascar que empezar con una noche durmiendo a la intemperie.
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Así que cuando sale la luna, estamos casi solos en la “Coco Beach” y doy gracias por que las cosas estén saliendo tan bien como hasta ahora. Antes de ir a dormir me fijo en las normas de la casa para que toda mi logística audiovisual no se vea afectada. La electricidad solo va en un horario reducido y hay que optimizarla. El agua solo va por la tarde. Las comidas son sencillas, hay lo que se pesca ese día. Pero el sol funciona 14 horas a todo gas y para un día de descanso es suficiente. Me escondo en la mosquitera mientras he repartido por varios bungalows los cargadores de cámaras y ordenador. La mañana aquí empezará a las 5 y hay que descansar. Los problemas se afrontan mejor si uno a descansado.

Madagascar #05 (Ifaty y los primeros baobabs)

Si ayer la mañana empezó precipitada, hoy la podríamos calificar de descompensada. Todo ha empezado con unos golpes en la puerta a las 5.30. Mi primera idea es que algunos mangos o papayas golpeaban el techo de la habitación de nuevo, pero la voz de Leire diciendo que “ya” eran las 5.30 me ha hecho decidirme por poner rápidamente los pies en el suelo y apretar el REC.

Salir de la red antimosquitos me ha costado un poco más que ayer y es que creo que esta zona costera tiene unas temperaturas diferentes a la ciudad y me he tapado bastante, así que las mantas se han hecho un pequeño lío con la mosquitera. Para que nos situemos, aquí está acabando el invierno y a pesar de que nos podamos bañar en las playas e ir en camiseta, por la noche refresca.Piso la calle con la cámara preparada y el sol empezando a saludar, así que busco la mejor posición para plantar el trípode por primera vez desde que emprendí el viaje. La gente en esta ciudad con pinta de pueblo es agradable, nada que ver con la capital. Todos me saludan con “Vazah”, que es “Hombre blanco turista” o algo parecido, sonríen, te hablan, pero sin intención de venderte nada. Los taxistas pasan a mi lado sin ofrecer sus servicios. Aquí saben que si les necesito levantaré la mano y tendré 28 ofreciendo el mejor precio. Así que con una primera impresión más que buena miro por todos los rincones para situarme. Ayer llegamos sin luz y no me había hecho a la idea de como es esta ciudad.

070926_madagascar_08_ifaty_000.jpgLas calles están sin asfaltar y son de arena de playa llenas de agujeros, pero eso no impide que los primeros carritos vayan de arriba a abajo buscando clientes a toda velocidad. El otro día leímos en el periódico que el campeón de los juegos de las islas del océano Índico es portador de Pousse Pousse y entrena unos 30 o 40 km al ida llevando gente. No sé por donde sale el sol, así que tengo que ponerme en un cruce de caminos para situarme. Los primeros rayos apuntan a un señor en bicicleta y aprovecho que la cámara de vídeo está en el trípode para alternar con fotografías.

070926_madagascar_09_ifaty baobabs_121.jpg Entre disparo y disparo aparece Leire, a la que había perdido hace un rato y me invita a desayunar en un puestecito donde ya la conocen. Aquí, decir que conoces a alguien es que te llame “my friend”, con eso es suficiente. Así que vamos hacía allí. Por el camino me doy cuenta de que el pueblo-ciudad es realmente espectacular. Las casas no tienen más de una planta y se extienden en kilometros de distancia, así que el tráfico es importante en las calles a pesar del aparente aspecto a rural que tiene. Cuando digo tráfico, en Tulear, me refiero a cruce de bicicletas con gallinas, militares en carrito, señoras con ladrillos en la cabeza...
070927_madagascar_10_ifaty_031.jpg El desayuno es en un puesto que hace esquina y no hay mucho para escoger. La pinta no es mala aunque no quiero imaginar qué normativas de higiene han debido pasar para estar ahí. Así que después de aceptar una taza de café metálica reciclada y una cucharilla lavada en agua marrón me doy cuenta que si tengo que pillar la malaria o cualquier cosa peor ese es el lugar perfecto. Se me pasa la tontería cuando el sabor de un buen café se filtra en mi boca y saboreo unas pastas parecidas a los buñuelos. Después de pagar y hacer una foto a la señora partimos hacia un mercado para comprar una piña que nos acompañará todo el día. Los mercados aquí son grises, no tienen la vida que tienen en Europa y lo que puedes comprar parece que hace días perdió su fecha de caducidad, pero es todo lo que puedes comprar aquí. Veo llegar unos carros con carne y los “chofer” los bajan con delicadeza y velocidad para aparentar que el contacto con la ciudad es el mínimo, así que chavales de 15 años llevan un carnero entero en la cabeza a una velocidad de vértigo. Directamente se cuelga en una pinza y ya está a la venta. Toni se ha despertado un poco más tarde que nosotros así que vamos a desayunar de nuevo los 3 juntos a “La Terraza”, un bar europeo donde hacen desayunos de Omelette, zumos, café y tostadas. Allí, en el bar negociamos con un francés el viaje de mañana en 4x4 para subir hacia el norte por la costa. Hoy, por suerte, el dueño de este bar nos llevará gratis hasta nuestro destino, I faty, para pasar el día en un lugar paradisíaco y con bastantes baobabs. Allí, nos han dicho, quizás encontremos al principito.
Antes de salir pido un momento de Internet para poder resolver dudas sobre unos rodajes de videoclip que tengo a la vuelta, así que dejamos a Leire en el bar mientras Toni y yo vamos a buscar algo parecido a un Cyber. Aparentemente no es difícil, pero en este pueblo lo que te venden como oro no lo es, así que lo que parecía un cyber no funciona, ni tan solo han visto un mac en su vida, así que se extrañan al ver mi ordenador y me dicen que de eso no tienen. Seguimos buscando por algunas calles hasta encontrar un sitio bastante moderno y que tiene una velocidad de módem a 56kbps compartido entre 8 usuarios. Eso, para los nacidos después del 83 y que no vivisteis los primeros años de Internet, quiere decir que para subir 1Mb necesitas algo así como 10 minutos. El precio, por suerte, es equivalente a la velocidad y por menos de 1 euro hemos estado una hora, la necesaria para bajar cuatro mails y actualizar el blog. Con tanta tardanza cybernética, nuestro chofer gratuito se ha ido y Leire está negociando con unos malgaches la tarifa hasta la costa. El camino no es fácil y eso tiene un precio. Las carreteras de Madagascar son malas, muy malas. Lo equivalente a la N-340, que tendría que ser la carretera nacional, tiene tramos horribles, sin asfaltar y llenos de curvas; a partir de ahí son carreteras catalogadas de “transitables”; otras de camino de piedras y las que no existen en los mapas. La que vamos a coger nosotros sale solo un trocito dibujado en el mapa oficial, y está catalogada como las de camino de piedras, así que el Renault 4L rojo que veo al más llegar de nuevo al bar no me convence nada de nada después de haber visto el 4x4 del hombre blanco propietario del bar. El chófer tiene unos 6 ayudantes que colocan todos los trastos en el maletero y repartido por los asientos. Yo aún no había visto todos los trastos de Leire junto a los de Toni, y eso es mucho. A las maletas de la ropa se añaden bolsas con material de escalada, el colchón para boulder y cantidad de trastos, que se añaden a mi bolsa, trípodes... así que creo que meternos los 3 en el 4L con el chofer y hacer los kilometros por la carretera que nos espera no va a ser muy cómodo. Cuando hemos conseguido colocar todo en el coche y estoy a punto de subir me doy cuenta que al chofer se le ha añadido un ayudante copiloto, así que miro a Toni mientras nos reímos pensando que eso no va a ser así. Le digo al conductor que yo tengo que ir delante ya que mis compañeros no caben atrás y si me meto yo, solo falta que me decida por comprar un par de gallinas antes de salir. Así que después de que el copi se baje del auto, nos acercamos a la gasolinera de turno a poner el fuel justo y necesario para llegar a nuestro destino. Si no llega, siempre quedará la botellita de agua con fuel para rellenar. La entrada en la gasolinera me hace dudar sobre la capacidad de conducción de nuestro elegido. Yo que aprendí a conducir en un 2CV con un sistema de marchas parecido, me doy cuenta de que el tipo tiene la chuleta con las marcha del revés y arranca en segunda, pasa primera, salta a cuarta directamente y se le cala. Esto sumado a que no tiene freno de mano y tiene que dejar una marcha puesta convierte el principio del viaje en una atracción de feria. Por suerte aún es pronto gracias al madrugón, así que tenemos humor para aguantar casi cualquier cosa. Cruzar la ciudad entera nos demuestra lo enorme que es. A medida que nos alejamos del centro empiezan a aparecer más y más casas de paja con gente más y más pobre, todo esto hasta llegar a un control militar. Escondo rápidamente mi material para que no me hagan pagar un impuesto recién sacado de la manga y después de 3 minutos de charla entre el chófer y el señor soldado reemprendemos nuestra marcha arrancando milagrosamente en segunda por la arena. El camino se hace cada vez más duro y el polvo de los camiones que van pasando dificulta la visibilidad. Nuestro conductor novato con aspecto de avanzado decide pasar por el lateral esquivando milagrosamente a cada peatón que se dirige hacia muy bien no sabes dónde en esta carretera infinita de polvo y arena. En un momento de pequeña rampa el coche empieza a resbalar hasta el punto de que se detiene. Leire y Toni salen fuera para empujar, yo me quedo dentro y conseguimos avanzar unos metros, los justos para quedarnos en subida, atrapados otra vez en la arena y con un carro de zebús viniendo de cara a toda velocidad. Nos esquivan gracias al milagro del joven conductor de animales y respiro casi tranquilo en el asiento delantero. Mientras nuestro chófer sale fuera para levantar el capó y empezar a tocar piezas que no sabe qué son, le digo a Toni que conduzca él, siempre será mejor y más seguro.

070927_madagascar_10_ifaty_033.jpgEl señor chófer acepta con una sonrisa de desespero y a la vez aceptación de que está haciendo el ridículo. Toni saca el vehículo de ahí con facilidad en primera y por un segundo me siento flotar en la arena, hasta que 200 metros más alante suena: PUM, en el motor. Quizás ha sigo algo más tipo “GRRRRRPUM”. La cuestión es que Toni se ha metido debajo del auto ya ha dado el diagnóstico que menos esperaba: rotura del la transmisión. La conoce perfectamente porque le ha pasado en Marruecos ya hace algún tiempo. Estos coches sufren mucho y algún día les tiene que pasar. Y tenía que ser hoy que íbamos nosotros alegremente a la costa.

Mientras ellos miran el motor yo aprovecho para hacer una foto a unos chavales que se han acercado a mirar porque nuestra nave espacial se ha estropeado. A lo lejos oigo un pito fuerte y aparece un camión enorme con “Superman” escrito bien grande en su parte delantera. Galopamos a través de carreteras inhumanas a bordo de una maquina prehistórica, por suerte tan solo un puñado de pasajeros comparten con nosotros el viaje, así que podemos tratar de estabilizarnos de la mejor manera. El camino es bastante divertido y quiero pensar que será lo peor que voy a vivir en África, pero quién sabe, las sorpresas las tienen preparadas por todas partes. Grabar o hacer fotos desde encima del camión es casi imposible, aunque yo lo intento, el resultado lo conozco, uno de esos vídeos que tan solo puedes ver tú para reírte solo cuando vuelves a casa. Uno de los pasajeros es un chico joven que nos hace de profesor improvisado en un cursillo de algo más de una hora montado en una especie de “Dragon Khan” de última generación. Cuando ya casi estábamos empezando a conjugar el pretérito pluscuamperfecto en malgache el camión para de golpe. Nos hemos pasado el cruce al Lodge que nos han recomendado en Tulear. Así que bajamos, pagamos lo que toca y empezamos a caminar cargados con todo el material. No tarda en aparecer un voluntario a hacer de porteador de bultos, así que se reparte con Leire sus bolsas, mochilas, cuerdas y souvenirs. Decido quedarme atrás, andando lentamente para hacer algunos planos de Toni andando por la nada. Siento la soledad más grande del mundo en esa especie de desierto de arena de playa mezclada con arbustos. Caminamos unos 4 kilometros hasta el primer de nuestros paraísos. El bungalow que nos ofrecen está a unos 20 metros del mar y tiene casi todo lo que puedas necesitar. Hay dos camas y somos 3, así que preparo un fragmento de suelo que esta noche será mi pequeña cuna.

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Antes de abrir la bolsa de la ropa y poner a cargar baterías ya tenemos un grupo de pescadores en la puerta buscando a Leire. Ella ya había pasado por allí hace unos días y prometió volver. Les pedimos “fish” para comer y se van corriendo a buscarlo. Prepararán sus mejores arpones y desliarán las redes para ofrecer el mejor fruto del mar que puedan. Así son aquí, quizás a diferencia de Marruecos y otros lugares tengo la sensación de que no te quieren liar, quieren darte realmente lo mejor de lo poco que tienen. Nos separamos en 3, Toni va a mojarse un poco los pies, Leire a buscar a su amigo rastafari y yo me quedo tirado en una hamaca escuchando algunas notas musicales en el Ipod que me pide una recarga rápida. En breve aparece el fan incondicional de Bob Marley, vestido con su camiseta y un collar con la bandera de Jamaica, para avisarnos de que la comida está casi preparada. Andamos con un grupo de gente del pueblo hasta las casas. Es un pueblo pescador como casi todos los de la zona, así que si nosotros tenemos un teléfono y un coche como mínimo por vivienda, ellos tienen una barca y un arpón.
El restaurante no nos lo recomienda Ferran Adrià en sus mediáticas apariciones, ni tampoco lo ha saboreado Woody Allen en su discreta pasada por Barcelona, pero tiene pinta de ser uno de los mejores de la zona. Tiene una decoración bastante minimal y multicultural a la vez, cosa que está muy de moda, así que nos encanta. Cuando llegamos tan solo hay una sombra, así que el padre de la familia y uno de los más fuertes del poblado nos saca una mesa, allí estará nuestro restaurante. Un par de chavales sacan las sillas y la señora borda la escena con un mantel tan limpio que parece imposible. El servicio es de bastante calidad, creo que la última vez que vi tantos camareros fue en “La Masia” en l’Ametlla del Vallès en la época en que jugué a ser feliz en un pareado piscinero y teleplásmico.
Así que unos 8 o 10 camareros están a nuestra disposición para cualquier cosa que necesitemos. El chef me invita a entrar en su cocina para ver que todo va según lo previsto, 4 fishes para 3 personas y un poco de verduras. Los pinches están pelando zanahorias y algunos tomates en la cocina adjunta y la señora del chef prepara algo de arroz. En brevesminutos africanos, unos 50 o más, la comida llega a la mesa perfectamente servida. Entonces llega el momento de máximo respeto, los invitados vamos a comer, y las 20 personas que contemplan la escena quedan sentados en silencio a la sombra a esperar a que acabemos. El pescado está rico y se nota que ni tan solo ha pasado por la Lonja de Cambrils, ha llegado directo del mar, ha recorrido 25 metros, ha pasado solo por dos manos y ha ido limpio al plato. La comida pues no nos ha fallado, pero eso sí, siguiendo con la moda minimal culinaria me quedo con un poco de hambre y no me atrevo a pedir una crema catalana. Preguntamos a nuestros cocineros dónde podemos encontrar a Christophe, nuestro guía de baobabs y el más experto de la zona. Ellos nos dicen que está muy ocupado con un grupo de 20 turistas así que se ofrecen a llevarnos a verlos. Quedamos en media hora, la justa para lavarme los dientes y sentarme 30 segundos en la esterilla.
 carro con dos zebú está preparado para meternos en el interior del bosque, en busca de baobabs. No parece que tenga que ser muy cómodo pero después del 4L y el camión yo creo que no debe ser muy malo. Hay sitio justo para los 3, la mochila de la cámara y un guía. El joven chófer de zebús va delante, bastante preocupado para que la pobre bestia que va a la izquierda avance. Tiene pinta de ser un zebú viejo y no tiene ganas de hacer más viajes con vazahs. Nada más salir del pueblo aparece Christophe, el guía que nosotros habíamos solicitado. Reconoce a Leire y nos dice que nos había estado esperando.

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Le comentamos que nos han dicho nuestros nuevos guías que tenía un grupo de 20 turistas y yo no tardo en darme cuenta de que aquí el que no corre, vuela. Los malgaches empiezan a discutir entre ellos, porque han mentido para podernos llevar en zebú. Al final, el guía “mentiroso” baja del carro y acepta que Christophe suba para ser nuestro guía multiidiomático.
El camino dura algo más de una hora entre bosques de espinas y un árbol hermano del baobab del que construyen las balsas. El viaje es una mezcla de sentimientos, por una parte la incertidumbre de los baobabs y su magia y por la otra, el sufrimiento que siento al ver como el conductor de carros con zebú le está clavando un pincho que lleva en la mano en la espalda para que vaya más rápido. Toni y yo nos miramos y nos decimos que algo no va bien. La espalda del pobre animal está en carne viva y cada vez se tuerce más, a pesar de ello llegamos a nuestro destino y a mi me entran ganas de volver andando. Ahora, toca caminar un rato para empezar a ver el árbol que buscábamos. De los 8 tipos de baobabs que hay en el mundo, 6 son endémicos de Madagascar, y 3 tipos están a nuestro alrededor. Los queremos ver todos así que nuestro guía tendrá que moverse por este laberinto de árboles de espinas para cumplir nuestros deseos. El primer baobab que aparece es uno triple de una altura considerable. De una de sus grandes ramas cuelga una liana. Toni, que ha venido parte del viaje imaginando con poder trepar por uno de ellos se da cuenta que su corteza es totalmente plana y resbaladiza, así que prueba suerte con la técnica de Tarzan. Poco a poco vamos avanzando por el bosque y vamos viendo gran variedad hasta encontrar el que tiene parecer ser nuestra víctima. Toni va a probar aplicar las técnicas de la roca a la corteza de un árbol, así que solo con sus manos y pies acariciará su textura para poder subir hasta lo más alto, sin usar cuerda, ni seguros, ni nada que pueda dañarle. Después de un par de pegues, consigue llegar a esa cima rodeada de ramas de unos 6 metros de altura. En lo alto, un solo fruto que ha quedado huérfano de padre es arrancado para viajar hasta casa. Será el regalo para su hermano por ser, quizás el gran culpable de este viaje. Después de disfrutar subiendo a algunos de ellos y comprobar sus similitudes con la montaña, abandonamos los baobab para volver al poblado. Allí lucharemos por conseguir una langosta a cualquier precio local, no más de 4 euros en el peor de los casos. Llegamos justo cuando el sol empieza a esconderse en el mar, eso es cerca de las 18.30. A medida que vamos entrando en el pueblo todo va empezando a ser cada vez más irreal y perfecto. Decenas de niños felices corriendo a nuestro alrededor; señoras recogiendo la mesa que hace de mercado local; señores volviendo a casa después de la jornada de pesca... y todos ellos tienen una sonrisa para nosotros. Seguramente ellos piensen de mí lo mismo que pienso yo cuando veo llegar a los guiris en sus jeeps de Port Aventura para visitar Siurana. Antes de que el sol haga el amor con el mar y acabe perdido hasta el día siguiente en el fondo del océano, una luna casi llena aparece al otro lado, justo en el lugar que acabamos de abandonar, donde los baobabs descansan por el resto de los siglos. Alguno de los que hemos escalado tienen más de 3000 años, y seguramente acabe antes la vida del planeta que su muerte por proceso natural. Una vez llego a la cabaña decido no ir a comer Langosta, ni pescado, ni ningún fruto del mar en el pueblo de al lado. Realmente debo reconocer que al final uno se cansa un poco de estar negociando cualquier paso que da a base de Ariaris (la moneda de aquí). Necesito ir al pequeño restaurante que hay a 100 metros y pedir un plato con arroz y meterme en la cama. A Leire y a Toni les han engañado para ir en barco de vela hasta el pueblo de al lado a la supuesta discoteca. Yo decido seguir con mi tradición de chico-no-marchoso (no por ello aburrido) y quedarme revisando fotos y haciendo copias de seguridad hasta que me entre el sueño o un mosquito terrible me pique. Los momentos de antes de ir a dormir son todo un proceso. Después de las tareas básicas de lavar dientes y demás viene tomar la pastilla para la malaria, que he decidido hacerlo por las noches para no notar tanto sus efectos secundarios; untarse entero de Relec anti mosquitos; encender la espiral antimosquitos, y poner la red antimosquitos, aquí todo es antimosquitos aunque aún no he visto muchos. Me tumbo a dormir en la soledad de la noche con algo de música para relajarme y antes de que me de cuenta llega Toni. Ha tomado algo en la disco, que no era más que un grupo de gente y un radiocassete a pilas y ha vuelto corriendo por la playa a la luz de la luna. Seguir durmiendo no es fácil una vez te has despertado, teniendo en cuenta que aquí solo son las 10 de la noche. Las pilas del Ipod se han acabado así que tengo que recurrir a contar zebús. Un zebú, dos zebús, tres zebús...
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