Álvaro Sanz

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Balmorhea...

No quiero decir que el concierto de Balmorhea ha sido el mejor de mi vida, no. Diré que fue uno de los mejores.

Solo me había pasado una vez y volvió a suceder: la mano en el disparador durante más de un minuto, la sensibilidad correcta, la velocidad de obturación justa para captar el movimiento de sus manos, la abertura máxima para dejar entrar la poca luz de la sala... y allí quedé inutilizado durante unos instantes en los que a través de la mirilla veía la magia de unas manos tocando las notas justas y suficientes para que mi corazón latiera con fuerza, para que una lágrima hiciera que la imagen quedara desenfocada. Es la magia de Balmorhea en concierto. Es la magia de una de esas bandas que atrae a un pequeño público en una ciudad de medio millón de habitantes. Pero ellos están en sus casas mirando culebrones, salsas rosas y resúmenes futbolísticos sin saber que algo demasiado grande está sucediendo en su ciudad. Y no pude disparar, no pude hacer la foto porque el silencio creado entre las notas era tan mayúsculo que yo no era nadie para romperlo. La otra vez que me sucedió fue con Peter Broderick y espero volver a sentir lo mismo más veces, porque la música se puede fotografiar, pero la magia a veces no se deja.