Álvaro Sanz

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Ainara en Siurana

Hace algunos años me refugié durante unos días en Siurana. Fue el verano del documental “Cuentan los que quedan”; el verano que casi me matan a tiros en un polígono de Montblanc; el verano de muchas cosas. Ainara se vino a refugiar conmigo unos días, también tenía sus razones. 

Una de las noches, junto al salto de la Reina Mora, donde hace ya más de 1000 años, los soldados árabes estaban amontonados con sus caballos vigilando la antigua Siurana, empezamos a ver estrellas fugaces, una, otra, otra... y nunca coincidíamos. Seguro que os ha pasado: “mira, mira!!! las has visto”, “no, no la he visto”... Pero esa sí que la vimos juntos. Empezó en el sur, y se hizo grande, grande. Nos dio tiempo a gritar, a cogernos de los brazos fuertes, a ponernos nerviosos y a imaginar el fin del mundo. Aquella estrella cruzó el cielo convertida en bola de fuego. Con el tiempo pregunté por tal fenómeno y me contaron que pudo ser un pequeño meteorito disolviéndose en la atmósfera terrestre o restos de alguna nave espacial lanzada contra la tierra.

[pe2-gallery class="alignleft" ] 070729 ainara siurana live-15.jpg070729 ainara siurana live-2.jpg070729 ainara siurana live-17.jpg[/pe2-gallery]Sea lo que sea y fuera lo que fuera, Ainara apareció el otro día por Siurana, dispuesta a hacer un concierto íntimo y personal. En un pueblo de apenas 18 habitantes no puedes aspirar a mucho más que hacer algo íntimo y personal.

Aún así nos pusimos las mejores galas, porque a Ainara y a mí nos gusta hacer las cosas con cariño, aunque sea para una sola persona. Así que preparé unos visuales personalizados para la ocasión ya que iba a proyectar directamente sobre la roca del refugio; ella se vistió de negro y tomó una de sus últimas guitarras, una joya de hace más de 50 años. 

“In the mirror” empezó a sonar pausada y dejando a los presentes, unos 30, boquiabiertos. Supongo que no esperaban esa voz resonando en la roca de forma perfecta. Quizás he asistido a 20 o 30 de sus conciertos y nunca había visto niños de 3 a 8 años hipnotizados con una voz, callados durante 40 minutos; parejas atentas intentando descifrar las letras, y abuelitas de 80 moviendo la cabeza lentamente preguntándose quizás de donde han salido estos sonidos folk angelicales que jamás antes han escuchado. Por si acaso, todo el mundo se llevó un disco o dos de la LeGardon. Lo que no saben es que volverá, porque lugares como este no salen en la Rockdelux como Salas de concierto de moda y siempre son los mejores.