Álvaro Sanz

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La rutina de viajar

Estoy preparando las maletas. Lo hago cada semana. Al principio reconozco que me costaba, ahora es una rutina más, como desayunar o ducharme. Lo sé, es horrible tomar decisiones y dejar cosas por el camino, normas, controles de seguridad...

Yo ahora intento pensar solo en lo que llevo, no en lo que dejo. Así pienso en el frontal que me guiará por la noche en los caminos, y la navaja que pelará un melocotón, la camisa de cuadros que me va a abrigar cuando empiece el fresco de la tarde, y la crema de manos que me relajará mientras las froto después de una ducha. Sin más complicaciones que eso, y sin agobiarse demasiado en mirar el tiempo que va a hacer. Siempre llevo un bañador, botas, chanclas, un chubasquero y un jersey. Me encantan los contrastes. Me apasionan las sorpresas de la naturaleza. [gallery columns="1" ids="6609,6608,6610"]

Ahora mismo estoy preparándome para salir hacia Canarias, y ha aparecido con un libro que me compró hace unos días: Manual del Excursionista. Una joya del 68. Lo he repasado por encima y me ha recordado a aquellas primeras excursiones con el colegio, con mi padre, con mis amigos escaladores... esas tiendas de campaña, esas mochilas, el pesado camping gas... y cuando la noche antes llenaba la mochila de cosas innecesarias pero que tanto me apasionaban: brújulas, trozos de cuerda, mantas térmicas y sierras para cortar troncos. Soñaba, igual que sueño ahora cuando meto el teleobjetivo imaginando encontrar algún animal en medio de una montaña una mañana de niebla. Y os pido, que el próximo día que hagáis la maleta no penséis en las cosas que dejáis, pensad en las que lleváis y en las que traeréis, aquellas que no se ven, que no se tocan, que no pitan en los controles del aeropuerto, aquellas que nos hacen crecer, como cada viaje, como cada salida a la naturaleza, como cada apasionante descubrimiento de una tierra nueva. Y me han encantado las primeras líneas del libro, que comparto con vosotros, al igual que algunas de sus páginas... ¿viajáis conmigo?

Las grandes concentraciones urbanas de nuestra civilización industrial han alejado al hombre de la naturaleza. Médicos, filósofos, sociólogos y educadores lo han denunciado desde el primer momento, poniendo de relieve, cada cual desde su punto de vista, los peligros que este hecho puede acarrear para el cuerpo y para el alma.