Álvaro Sanz

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Cielo de estrellas en el Monte Aloia

Hoy el día ha arrancado gris y frío, pero poco a poco la tarde ha ido pintándose de azul y he encendido la nueva chimenea por primera vez. Al caer la noche, la he dejado prendiendo troncos de manzano mientras subía por el Monte Aloia, haciendo zig zags por sus múltiples curvas, buscando el punto más alto en el que casi pudiera tocar las estrellas. Y casi lo consigo. No todos los días permanecen grises hasta su fin, y a veces, nos vamos a la cama con un beso de amor como el que yo he recibido de Nanook al decirle adiós por unos días. [pe2-gallery class="alignleft" ] 120116_aloia_nocturno_003.jpg[/pe2-gallery]

Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre abandonó la ruta principal del Yukón y subió la loma por donde un sendero apenas visible y escasamente transitado conducía hacia el este entre bosques de gruesos abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a cobrar aliento, disculpándose ante sí mismo el descanso con el pretexto de mirar el reloj. Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol ni se vislumbraba siquiera un destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que oscurecía el ambiente y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupó. Estaba hecho a la ausencia de sol.

Fragmento de "El fuego de la hoguera" de Jack London.

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